LIBERTAD: ¿PESADA O DÉBIL? (1)

Entregado: 05-04-2015 / Aprobado: 15-04-2015

Parte III

Por Eduardo Albert Santos

Doctor en ciencias Filosóficas, concedido por la Comisión Nacional de Grados Científicos de la República de Cuba. Candidato a Doctor en Ciencias Filosóficas, 1980, en la Universidad Taras Shevchenko, Kiev, Ucrania. Ingeniero Industrial, 1971, graduado en el Instituto Superior Politécnico José A. Echevarría, La Habana. Ha sido profesor titular en universidades de Cuba. Desde 2010 es profesor de filosofía e historia del arte en la ESPOL, Universidad de Cuenca, UCSG, ITAE y en la Universidad Casa Grande

 

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En nuevas circunstancias históricas y desde perspectivas bien distintas a las de Hegel, Marx intentó encontrar la vía de realización de la libertad en la conflictiva vida terrenal. Mediante su célebre “inversión de la dialéctica”, trató de hallar respuesta en la crítica del ideal comunista utópico y de la economía política. De ese modo adquirieron un primer plano las nociones de propiedad privada y enajenación. Libertad supone superación de la enajenación y ésta pasa por la supresión de la propiedad privada.

El hombre individual, creador y recreador de la cultura, portador de ella, se ve, en las condiciones de la economía mercantil-capitalista, privado de su efectiva apropiación. Su obra no le pertenece y la siente ajena a él.

La tentativa idea de suprimir la propiedad privada le fue inicialmente aborrecible. Temía que un super propietario, que asumiese en nombre de todos el bien público, sería replantear el estado totalitario de cuño platónico. Las propuestas que en este sentido venían desde los socialistas utópicos, fueron repudiadas. Al propio tiempo, en sus Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844 llegó a la conclusión que, aquellas condiciones empíricas fácticas, sobre cuyo suelo crecen las ideas comunistas, representan en sí no un fenómeno estrechamente nacional anglo-francés sino el resultado necesario del movimiento de la “propiedad privada” como principio internacional y universal de organización de toda la vida social. Por consiguiente, el comunismo resultaba la consecuencia necesaria del desarrollo de la propiedad privada. Pero como consumación de la propia relación de la propiedad privada, y de este modo, la forma necesaria y el principio dinámico del futuro inmediato.

Las investigaciones de Marx se orientaron hacia la economía política. Y es mediante el examen del propio movimiento de la propiedad privada que concluye que el comunismo es precisamente el proceso real que anula y supera dialécticamente a la propiedad privada. Su tesis de que la “esencia humana” es en realidad el conjunto de las relaciones sociales y la que por otro lado subraya que el sistema históricamente establecido de división del trabajo (la propiedad) entre los hombres (la “esencia humana”) necesariamente transforma a cada individuo aislado en un ser profesionalmente limitado, en un “hombre parcial” y que el resto de la cultura se “enajena” de dicho individuo, se convertirán en sus principales recursos teóricos. En tales condiciones, en las cuales cada “individuo parcial” se encuentra en permanente estado de “guerra de todos contra todos”, no hay, ni puede hablarse de libertad.

Esta última solo sería una consecuencia de la supresión de una superación de dicha forma histórico-social de división de trabajo que significaría el desarrollo multilateral de cada individuo humano. Sin embargo, las tentativas de supresión de la propiedad privada no como consecuencia del previsto movimiento dialéctico real de la misma, sino de la revolución radical, condujo en realidad a la monopolización de la propiedad en manos del estado… justo lo mismo que proclamara el socialismo utópico, que Marx criticó.

El totalitarismo de estado demostró que, lejos de superarse la propiedad privada, ésta se revistió de otras formas. Que el libre desarrollo multilateral del individuo se tradujo más bien en su sumisión a fuerzas externas. Que las libertades quedaron mutiladas o simplemente truncas. Y todo porque, a fin de cuentas, el hombre individual no alcanzó en esas experiencias reales el pleno dominio de sus creaciones. Más exactamente se vio más “enajenado” de ellas.

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Las soluciones individuales del problema de la libertad tampoco han tenido éxito. De Nietzsche (¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zaratustra! Tus ojos deben anunciarme con claridad: ¿libre para qué?) a los existencialistas Heidegger o Sartre, la promoción de una libertad por parte del individuo humano, rechazando los valores de la cultura occidental y experimentando el nihilismo, por hacer del hombre alguien que solo ve como posibilidad su ser-para–la-muerte o bien el que defiende el “valor creativo de la libertad” y su posibilidad (y responsabilidad) que tiene de «hacerse a sí mismo», solo representan interesantes reflexiones de la llamada filosofía de la vida.

Que «existencia» es el modo de ser propio del hombre, que esa existencia implica libertad y conciencia, que el hombre puede llevar una existencia inauténtica si renuncia a su libertad, que el hombre crea lo único que constituye su «verdadero Mundo»: un conjunto de relaciones de los útiles entre sí y respecto al hombre… son ideas muy enjundiosas para meditar a profundidad sobre nuestros destinos individuales. Sin embargo, no ofrecen en realidad una vía concreta hacia la plena realización del ser humano.

Insisto en el valor heurístico que pueda tener las reflexiones de Heidegger acerca de el “ser ahí” es en cada caso su posibilidad, y no se limita a “tenerla” como una peculiaridad, a la manera de lo “ante los ojos“,que por ser en cada caso el “ser ahí” esencialmente posibilidad, puede este ente en su ser «elegirse» a sí mismo, ganarse, y también perderse o no ganarse nunca, o sólo “parecer” que se gana. Incluso cuando da un giro a su pensamiento, el controvertido filósofo de la Selva Negra invierte su tesis inicial y traslada el pensar el ser desde el ente (humano) a pensar el ente (todo ente) desde el ser, y transforma de ese modo el humanismo occidental, planteando que el ente humano debe pasar a vivir en la «verdad del ser» porque no está llamado a ser el «señor del ente» sino el «pastor del ser»… y supera así la metafísica tradicional, y comienza así el humanismo occidental bajo el signo del subjetivismo, y concluye con esa incesante y productiva idea de que “el lenguaje es la casa del ser”… Los caminos reales a la libertad parecen quedarse recluidos exclusivamente en el ámbito de la subjetividad individual. Solo queda el refugio de la Waldlichtung, de ese «claro del bosque», como espacio abierto de libertad, mientras que ésta se nos descubre ahora como el “dejar ser” al ente.

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La polémica “acción comunicativa” de Habermas pretende ser un muro de contención a la “razón instrumental”. Si ésta domina al mundo humano y se expande inevitablemente, en correspondencia con su cada vez mayor penetración en todas las esferas de la vida, como expresión de la lógica implacable del orden capitalista y sobre todo del mercado, el teórico de la Escuela de Frankfurt cree ver en dicha lógica alternativa la única vía para sostener una mentalidad otra, dialogante, solidaria, persuasiva. La lógica de la “acción comunicativa” no salva, solo protege. Pero, si como afirma el popular filosofo contemporáneo Slavoj Žižek, pensar correctamente es cuestionar correctamente, es natural que la solución habermasiana es realmente cuestionada, no ya solo por el pensamiento, sino por la realidad misma que, testaruda, se complace más y más en ser instrumental.

Žižek clama, con ese gesto casi histérico que caracteriza sus intervenciones, que en el mundo actual debe ante todo suprimirse esa nostalgia por los estados socialistas tradicionales, por los estados occidentales de bienestar social, por supuestas reformas o reivindicación parciales del sistema imperante. Que se debe comprender el capitalismo como una totalidad y encontrar en sus propios fundamentos la salida al actual estado de cosas. No mediante nuevas utopías, especialmente las de los llamados nuevos nacionalismos, las del recurso a lo autóctono o ancestral, sino mediante proyectos que sean pensados en superar la modernidad.

Para el pensador esloveno, Occidente sabe más o menos de dónde viene pero le da trabajo saber adónde va y eso se traduce en una crisis de sentido, de orientación y de significación. El “cada uno en lo suyo”, el sentimiento de pertenencia a un proyecto que trascienda las individualidades se evaporó. El derrumbe del colectivismo – tanto nacionalista como comunista – y del progresismo económico dio lugar al imperio del “yo”. El sentido del “nosotros” se dispersó.

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Alan Badiou nos recuerda que, según los estoicos, sabio es aquel que, sabiendo discernir las cosas que dependen de él de aquellas que no dependen, organiza su voluntad alrededor de las primeras y resiste impasiblemente a las segundas. ¿Será que el asunto de la libertad se resuelve de este modo tan simplemente individual? No lo creo. El magistral trabajo investigativo de Michel Foucault nos persuade de que el poder nos vigila y controla siempre, y nos impide que nuestras decisiones volitivas se impongan. Y ese poder no es solo poder político, es mucho más, es poder micro, poder que se ejerce incluso desde dentro, que se mete en nuestro propio cuerpo, en nuestro discurso, en nuestros sueños y nos adecua a sus exigencias y permisibilidades. Sus límites nos resultan cada vez más invisibles, pero están siempre allí construyéndonos fronteras, por medio de un sistema de prohibiciones y castigos. Pero no solo así… también sin que este mismo sistema sea directamente vivenciable. Todo lo cual, sin dudas, impide a fin de cuentas la célebre y añorada libertad.

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No tengo dudas de que la libertad es una noción paradójica. Es siempre pesada. Pero al propio tiempo leve.

Si la concretamos a la esfera del pensamiento, pudiera parecer que cada individuo es capaz de ser libre. Pero la carga de dicho esfuerzo es pesada. Siempre existirán límites y dependencias, en unas u otras circunstancias. H. Arendt reconocería que «desgraciadamente, a diferencia de lo que se piensa habitualmente de la proverbial independencia de torre de marfil de los pensadores, ninguna otra facultad humana es tan vulnerable, y, en efecto, es mucho más fácil actuar que pensar, en condiciones de tiranía» (Arendt, 2005). Por eso, aun en este ámbito aparentemente privilegiado para el ejercicio de la libertad, esta será a fin de cuentas una complaciente construcción. Y la propia libertad deberá ser construida y reconstruida una y otra vez. Porque si seguimos a Spinoza, tendremos forzosamente que adecuarla en cada momento a nuestro modo de conocer la necesidad. Será, de uno u otro modo, algo insoportable.

Puede sin embargo afirmarse que en eso justo consiste la aventura del ser humano: en su anhelo de ser una criatura libre.

 

Bibliografía

Arendt, H. Vita activa. La condición humana, Paidós, Barcelona, 2005

Declaración de derechos del hombre y el ciudadano recuperado http://www.juridicas.unam.mx/publica/librev/rev/derhum/cont/22/pr/pr19.pdf

Ilienkov, E. V. recuperado de http://marxismocritico.com/2014/02/24/tres-siglos-de-inmortalidad/

Foucault, Michel   Las relaciones de poder penetran en los cuerpos (entrevista con Michel Foucault) L. Finas recuperado de http://www.con-versiones.com.ar/nota0485.htm

Nietzsche, F. Así habló Zaratustra. Del camino del creador recuperado de http://www.enxarxa.com/biblioteca/NIETZSCHE%20Asi%20hablo%20Zaratustra.pdf

Žižek, Slavoj Diálogo Slavoj Zizek – Peter Sloterdijk: La quiebra de la civilización occidental recuperado de http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/politica-economia/La_quiebra_de_la_civilizacion_occidental_0_539346069.html

 

  • Nota: Este artículo es la tercera y última parte de “Libertad: ¿pesada o débil?”

 

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