LIBERTAD: ¿PESADA O DÉBIL? (1)

Entregado: 30-09-2014 /Aprobado: 05-10-2014

Parte II

Por el Dr. Eduardo Albert Santos

Doctor en ciencias Filosóficas, concedido por la Comisión Nacional de Grados Científicos de la República de Cuba. Candidato a Doctor en Ciencias Filosóficas, 1980, en la Universidad Taras Shevchenko, Kiev, Ucrania. Ingeniero Industrial, 1971, graduado en el Instituto Superior Politécnico José A. Echevarría, La Habana. Ha sido profesor titular en universidades de Cuna. Desde 2010 es profesor de filosofía e historia del arte en la ESPOL, Universidad de Cuenca, UCSG, ITAE y en la Universidad Casa Grande.

4) El ideal ilustrado de libertad fue claramente expresado en los textos de los pensadores del iluminismo y de los proyectos utópicos. Pero sobre todo, en ese enérgico lema revolucionario que animó las cabezas no solo de los franceses, sino de los libertadores de ambos lados del Atlántico: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Sin embargo, la realización práctica del nuevo ideal fue costosa, pero sobre todo registró la resistencia de lo que entonces se denominó las obstaculizadoras reminiscencias del ancien régime. La guillotina y los “ajusticiamientos” de los propios revolucionarios mostraron que la libertad, la igualdad y la fraternidad no se obtenían solo con buenos deseos y enardecidas prédicas. Robespierre culpó a la vieja monarquía; otros calificaron a Robespierre como enemigo y monstruo del género humano.

Los utopistas se apresuraron a afirmar que solo el socialismo podía salvar a la humanidad de la amenazante degradación espiritual, moral y física. La libertad, la igualdad y la fraternidad serían reales sólo en combinación con el trabajo racionalmente organizado. Las claves de los cruciales problemas de la esclavitud humana se vieron entonces en la organización del trabajo, y de la industria. Esta fue la visión de Saint-Simon, de Owen, de Fourier.

Pero la apelación a la razón y a los sentimientos de los hombres de su tiempo no pudo dar lugar al estado ideal. Las controversias en torno al “estado de naturaleza” y el “estado de derecho”, que cobraron fuerza en los siglos XVII y XVIII, se reanudarían a partir de las trágicas experiencias francesas, en las algo inescrutables reflexiones intelectuales de Inmanuel Kant. Al filósofo de Königsberg le interesó, ante todo, esclarecer la constitución del ideal, y esa secreta “naturaleza humana” que era representada en dicho ideal. Si se deduce el ideal de las necesidades naturales del cuerpo humano, entonces el hombre de nuevo resultaría sólo un esclavo, sólo un juguete al servicio de “circunstancias externas”, de la fuerza de su presión, sólo un grano de polvo en el torbellino de la ciega espontaneidad… Llámese Dios o Naturaleza dicha circunstancia, el hombre resulta sólo y, a fin de cuentas, un “medio parlante” de sus necesidades orgánicas y de sus pasiones.

El hombre, según Kant, es libre si actúa y vive en correspondencia con el objetivo que él mismo se trazó, elegido en un acto de “libre autodeterminación” y no con el objetivo que alguien le impone desde afuera. Pero no el hombre individual, sino como especie, y entonces la libertad coincide con la conciencia correcta del fin de la especie como una autofinalidad. Por eso subraya que, cuando cada hombre sobre la tierra comprenda que el hombre es hermano (y no lobo) del hombre, igual a él en relación con sus derechos y deberes, relacionados con la “libre expresión de la voluntad”, entonces el ideal francés triunfará en el mundo y sin los actos crueles de la Revolución. Esta filantrópica divisa lo lleva a afirmar lo que se conoce como el “imperativo categórico” como máxima moral: Obra de tal modo, que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre, al mismo tiempo, como principio de legislación universal.

El imperativo sería algo así como la traducción al alemán del principio formulado en la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789: “La libertad consiste en el derecho de hacer todo lo que no afecte a otro: de esta forma, la realización por cada hombre de sus propios derechos no tiene ninguna otra frontera que aquellas que garantizan a otros miembros de la sociedad el uso de los mismos derechos” (cita tomada de la página Web de http://www.juridicas.unam.mx/publica/librev/rev/derhum/cont/22/pr/pr19.pdf). No sin razón se ha afirmado que Kant “compaginó” el ideal de la Ilustración con el ideal del cristianismo, la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano con el Sermón de la Montaña, a Robespierre con Cristo…

5) El fichteano mejor “YO” fue otro ideal frustrado. El hombre real queda atrapado en las circunstancias exteriores. ¿No es acaso lo que ocurre siempre que cada individuo intenta escuchar la voz del deber ser y tiene, no obstante, al propio tiempo, que atormentarse por los estruendos de las batallas, los gritos de los jefes, los gemidos del hambre y del dolor, el reclamo apasionado de su amor propio ofendido, su vanidad, la desesperación y el miedo?. Fichte estimó que el estado de “guerra de todos contra todos” tendría que ceder su lugar a la “paz eterna”, que podría lograrse el acuerdo total, la unidad total, la identidad plena de todos los Yo. Kant admitió que se podía estar “sobre la lucha”, “por encima de todos los partidos”, y resaltarse solo aquello en que lo que todos estaban de acuerdo, por encima de las divergencias, altercados y contradicciones de todo género, aquello que en sus puntos de vista apuntaba a lo “idéntico”, desechándose todas las “diferencias”. Y esta formulación subyace en su proyecto de una nueva lógica en la que, la panacea de categorías universales, (sin las cuales no es posible pensamiento alguno), actúan como verdades incuestionables para todos. Pero su concepción antinómica de dichas categorías le conduce al dualismo, y con esto, a la imposibilidad de dirimir y afirmar una verdad única. Por eso reivindica ese “estado natural de la razón” (la célebre tesis de Hobbes sobre la “guerra de todos contra todos”, como estado natural del género humano, pero aplicada a la razón) que invita a la controversia, pero también al rechazo de todo constructo universal sobre el mundo.

Kant dirigió sus esfuerzos a lograr “en un estado natural el punto final a la discusión es puesto por la victoria, de la cual se ufanan ambas partes y, tras la cual, la mayoría de las veces, sigue una paz insegura, establecida por la autoridad metida en el asunto; en el estado jurídico el asunto termina con un acuerdo, el cual, profundizando aquí en la propia fuente de la discusión, debe asegurar una paz eterna”. Pero la obtención de dicho estado debía lograrse solo por la “prohibición de la contradicción lógica”, a una absoluta “identidad” de las representaciones científicas de todos los hombres sobre el mundo y sobre sí mismos. Esto no es posible en realidad. Por lo que concluirá que, con las fuerzas de la razón, no podrá lograse un ideal común de libertad.

¿Será que la libertad es una quimera vacía? Al crecer nuestra cognición científica nos percatamos una y otra vez que la necesidad es más amplia en sus manifestaciones y matices que lo que creíamos hasta el momento… y lo que creíamos acciones libres son en realidad desconocimientos temporales de las causas. Que mientras más se expande nuestro conocimiento de la necesidad, más se deprime nuestro horizonte de imaginaria libertad. La ciencia se percibe así como enemiga de nuestro concepto de libertad e igualmente de lo que creíamos era nuestra libertad real. La conclusión no puede ser otra: no hay libertad posible, ni ahora, ni nunca. Es solo un sueño vacío, fantasía anticientífica. La eterna discusión del hombre consigo mismo es inevitable.

6) En su Fenomenología del espíritu, Hegel se cuestiona la concepción kantiana y fichteana. Su noción del ideal (de libertad, por ejemplo) no se proyecta ya como imagen de aquel “estado del mundo” que debe lograrse sólo en el progreso infinito. El ideal de libertad debe entenderse como el mismo proceso del movimiento que renueva constantemente nuestro mundo espiritual. No es un acuerdo al que se llega en un momento dado entre individuos que piensan diferente. Es el constante tránsito a nuevas concepciones, a nuevos estadios de la cognición.

El asunto de libertad se comienza a proyectar en lenguaje histórico. Para Hegel, toda la cultura creada por siglos se presenta como “ideal plasmado” o como ideal corregido por las propiedades naturales de aquel material en el que está plasmado. Cada pueblo, cada cultura, es ese ideal en su momento histórico. Así, los ideales, como la libertad, por ejemplo, sería algo históricamente logrado y, en cada caso, las formas específicas de dicho ideal serían las adecuadas para ese momento. La sociedad “civil” y, por consiguiente, su correspondiente superestructura jurídica y política de su tiempo, léase la monarquía constitucional de Gran Bretaña y el Imperio Napoleónico, serían formas específicas. Mientras que la monarquía prusiana sería interpretada por él como la prolongación natural de la idea, a través de las particularidades nacionales del espíritu alemán.

Al propio tiempo, para él, la libertad, el alcance de una individualidad multilateral y armónicamente desarrollada en el mundo actual, es imposible. Solo puede lograrse en el arte y el asunto queda relegado a la estética. Pero las condiciones actuales del desarrollo humano impiden igualmente que en nuestro estadio de desarrollo podamos realizarnos plenamente en la creación artística… la plasmación de la individualidad ya fueron logradas y no volverá a ocurrir.

  • Nota: Este artículo es la segunda parte, del total de tres.

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