TESTIMONIO: A LEVANTARSE

Entregado: 13-06-2016 / Aprobado: 15-06-2016

 

Por Alejandro de Althaus

Licenciado en Diseño Gráfico y Comunicación Visual de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Casa Grande (UCG). Diseñador freelance. Ha realizado trabajos para varias agencias de publicidad y la Universidad Casa Grande (UCG).

 

El 2016 ha sido un año que nos ha puesto a prueba a todos. No hace falta recalcar las reformas y decisiones del gobierno, la crisis nacional y los conflictos internacionales, las tragedias inesperadas o planeadas, las catástrofes naturales, el incremento del odio, el racismo y la violencia en países del primer mundo, y en otros como el nuestro.

 

Parecería que nos estamos acercando a un tiempo extremadamente turbio e incierto, en el que es imposible predecir hacia dónde se dirigen los caminos, ni cuándo estallará la próxima bomba (y quien la detonará tampoco).

 

Pero de lo que sí estamos seguros, es que seguimos aquí. Aunque Ecuador haya recibido una paliza este año, siendo golpeado desde todos los ángulos, sigue fuerte y continua creciendo. Así como cuando un niño pasa a ser hombre;

 

Ecuador ha sido despojado de sus comodidades, sueños, fantasías y planes, y se ha quedado en un vacío momentáneo y solitario, en el que no es claro hacia dónde hay que ir, o que se tiene que pensar o resolver. Lo que sí tenemos es una oportunidad, para dejar la ‘niñería’ y convertirnos en hombres maduros, con la cabeza y las metas claras, con la mirada fija hacia donde se quiere llegar. Es duro, pero como el mundo entero lo sabe, a veces la caída es necesaria para, además de levantarse, recapacitar.

 

Este cambio ha despertado una conciencia en el pueblo ecuatoriano, que se dio cuenta de lo qué es capaz. Qué impresionante ha sido presenciar una unión masiva e incondicional, que despertó de un sentimiento de desesperación, empatía, compasión, solidaridad y amor, todo mezclado al mismo tiempo, por la catástrofe que acaba de suceder.

 

Por un momento, todos fuimos uno, sin importar color, creencia, barrio o idioma; lo único que importó fue ayudar a quien se podía y de la manera que fuera posible, dando lo mejor de uno mismo.

 

Ecuador vio un despertar de la conciencia fuerte, de que ‘el otro’ existe; de que se pueden crear nexos, amistades fuertes, despejar caminos y tumbar barreras, para entendernos mejor y comprender que podemos ser un solo pueblo, que es capaz de descubrir y reconstruir una identidad propia, que ha estado tan ausente lo largo de nuestra historia. Nos encontramos en un momento histórico, un punto de quiebre, un corte a la continuidad, un momento de verdad.

 

Los más conscientes de ello son los que han sido directamente afectados por el terremoto que sacudió a todo el país, que ya experimentaban una situación de vida difícil.

 

Visitando lugares como Pedernales, Canoa, Portoviejo, Bahía, y otros pueblos y ciudades, es posible darse cuenta que un sentimiento de unión, esperanza y fortaleza está presente. Se mueve en círculos dentro de la rueda de un tractor que retira escombros, se saborea en la delicia de comida que se encuentra en cualquier kiosko de un pueblo cualquiera, se mantiene viva en la frente sudorosa de un voluntario que camina por las calles de Pedernales para regresar a su refugio, se siente en la amena conversación que tiene un grupo de señores mayores en una banca, todavía intacta, lo que fue alguna vez un parque.

 

Eso es Ecuador, una máquina que no para, un pequeño gigante que no duerme, una masa de energía radiante que contagia a cualquiera que esté presente.

 

Por un momento todo se paralizó, ahora el arranque es más fuerte, las personas siguen con sus vidas a pesar de todo lo perdido. Los niños corren y saltan entre los escombros que quedan de los edificios. Autos dañados, partes de casas y objetos son sus nuevos escenarios y juguetes.

 

Más allá, jóvenes adolescentes se sientan en las esquinas para ver pasar a las chicas, mientras ellas se ríen de sus recientes cortes de cabello. Un anciano en bicicleta avanza lentamente con una funda llena de pan y queso fresco, y los perros de la calle se muerden las orejas y corretean libremente, felices y llenos de vida, como si nada hubiese pasado realmente.

 

Lo que siempre se ha presenciado solo en las comunidades, ahora se expandió a todo rincón del país. Es como si nos hubiésemos convertido en una aldea gigante, en la que cada uno tiene un rol que cumplir y cada parte es crucial para que todo siga funcionando (y de hecho se hace).

 

En pocas situaciones han sucedido aquí estas vivencias, y nunca a esta escala. De lo que somos capaces, ya estamos conscientes. Ahora es un asunto de qué acción se toma con lo que deja este aprendizaje. Lo primero es levantarse, por supuesto, y será un proceso lento, pero construirá las bases para un futuro más sólido, en el que seremos capaces de abordar cualquier situación con el temple y el empeño necesarios para sacar adelante a nuestra gente.

 

Ecuador está a prueba y nosotros también. Lecciones se aprenden todos los días, solo el que no quiere, no entiende. ¿Qué enseña la vida si no es humildad y empatía, cuando existe gente viviendo en la calle, sin comida, sin techo, sin ropa, ni cepillo para lavarse los dientes? Y aun así están sonrientes, comparten lo que les queda y nadie se miente. Un suceso así es algo imprevisible, es cuestión de uno si eso lo debilita o fortalece.

 

Lo que siempre se ha presenciado solo en las comunidades, ahora se expandió a todo rincón del país. Es como si nos hubiésemos convertido en una aldea gigante, en la que cada uno tiene un rol que cumplir y cada parte es crucial para que todo siga funcionando.

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