TESTIMONIO: UN ECUADOR SOLIDARIO

Entregado: 16-05-2016 / Aprobado: 20-05-2016



Por Ignacio Garay Fernández


Licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad del País Vasco. Magister en Sostenibilidad y Responsabilidad Social Corporativa en UNED. Actual miembro de la Dirección de Responsabilidad Social y Vinculación de la Universidad Casa Grande (UCG).


 

Siempre intento ver el lado positivo, incluso en esas situaciones en las que a la positividad le cuesta dejarse ver. El sismo acontecido el 16 de abril de 2016 en Ecuador, además de dejar mucho dolor, también sacó a la luz, más si cabe, la solidaridad de un pueblo, el ecuatoriano.

 

El sismo ha sido, sin lugar a dudas, un duro golpe para el Ecuador y su gente, una de esas caídas que hace daño, crea heridas, incluso cicatrices de por vida, de las que no se puede recuperar solo y requiere de ayuda para curarse.

 

Considero que toda caída es, en mayor o menor medida, dolorosa. En ocasiones, levantarse toma pocos segundos. Uno ni siquiera ha acabado de caer y ya está poniéndose en pie, otras veces es necesario quedarse durante un rato en el suelo tomando fuerzas para poder reincorporarse y seguir el camino, sin embargo, otras caídas son más duras, causan mucho más dolor y requieren de una o varias manos amigas que ayuden a tomar el impulso necesario para continuar, ya que a veces no puedes hacerlo solo, simplemente.

 

El pueblo ecuatoriano –y lo digo de manera objetiva, alejándome de todo sentimiento subjetivo derivado del amor que le tengo al país que me acogió hace cuatro años con los brazos abiertos- es un claro ejemplo de solidaridad, y permítanme remitirme a los hechos para sustentar dicha afirmación.

 

He podido ver a miles de personas entregando donaciones, amigos y amigas abriendo sus casas de par en par para recibirlas, familias enteras apoyando en los centros de acopio buscando en montañas de ropa el zapato izquierdo que les faltaba para completar su kit, personas formando cadenas humanas para llenar camiones con víveres y medicinas, carreteras con interminables caravanas de carros llevando la ayuda a todos los rincones afectados, organismos de la sociedad civil coordinando acciones conjuntas bajo un mismo frente, empresas privadas poniendo a disposición sus recursos, compañeros y compañeras de trabajo proponiendo proyectos desde la academia, estudiantes presentando iniciativas y pidiendo su inclusión en otras ya existentes. He visto a un país entero luchando por una misma causa: poner en pie al Ecuador.

 

La herida abierta tardará en cicatrizar, y por el momento no hay una fecha fija que permita estimar el fin de una recuperación que se prevé larga, sin embargo, el Ecuador ya se ha puesto a trabajar en ese resurgir, a sanar ese daño; y o ha hecho de la mejor manera posible: unido y en colaboración.

 

El país debe levantar la cabeza bien alto, la respuesta solidaria ante el evento adverso es motivo de orgullo y asegura una recuperación, que ya comenzó el mismo 16 de abril.

 

Si antes hablé de caídas y heridas, ahora quisiera hablar de aprendizaje y oportunidades, sustantivos consecuencia de todo declive. Es el momento de crear de nuevo y enfrentar esa creación de la mano de la experiencia y el saber.

 

El reto, para nada fácil, será el de aplicar lo aprendido, el de tener en cuenta los conocimientos adquiridos, para así no repetir los mismos errores, y de esa manera seguir construyendo un mejor país entre todos, preparado ante cualquier posible futura caída.

 

El Ecuador ya no volverá a ser el mismo, ahora será mejor. Las cicatrices existentes cumplirán una función vital, permitirán recordar los fallos cometidos, y ayudarán a rememorar la respuesta de un pueblo que se unió más que nunca y tendió sus manos para levantarse y salir adelante.

 

El Ecuador, cual ave Fénix, ha resurgido de sus cenizas para volar más alto, ya que el pueblo se ha caído y de su descenso aprendió, y ahora es culto, mucho más sabio.

He visto a un país entero luchando por una misma causa: poner en pie al Ecuador.

 

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