ENSEÑAR A SER*

Entregado: 12-11-2015 / Aprobado: 15-11-2015

Publicado en el Universo. Viernes, 2 de octubre, 2015

Por Gonzalo Peltzer

Doctor en Comunicación Pública. Abogado en la Universidad Católica de Argentina. Periodista de La Nación de Buenos Aires, fue director del diario La Verdad y de la emisora LT20 Radio Junín y ha asumido varios cargos directivos en varios medios de comunicación. Profesor de varias universidades a nivel mundial.

Tuve un primo científico loco. Tuve porque ya murió y loco porque era de esos que de tan inteligente se pasaba de la raya de vez en cuando. Bueno, mi primo era físico atómico o algo así y hacía experimentos en el aire: jugaba con números imposibles y creaba escenarios que nadie podía imaginar, como cocinar una tortilla a millones de grados o viajar a quince veces la velocidad de la luz. Cuando alguien le preguntaba para qué servían sus experimentos, contestaba con una vehemencia brutal: “Me cortaría las manos antes de perder el tiempo en un experimento que sirva para algo”.

Estas y otras tremendas afirmaciones de mi primo me acompañaron con escasísimo éxito en mis años de academia, porque estaba seguro entonces y hoy más que nunca de que la universidad no debe servir para nada. Pero en realidad el razonamiento era al revés, más parecido al de mi primo: si la universidad sirve para algo, no sirve para nada. Y me acordaba de estas ideas cuando leí una columna de un antiguo colega de doctorado en España.

La universidad no existe, dice Higinio Marín, ahora profesor de Antropología Filosófica en Murcia. Y se equivocan quienes creen que han estado en la universidad porque figuran en las listas de alumnos o gastaron los pasillos de sus instalaciones. “Los edificios, los planes de estudio y los expedientes académicos, los claustros de profesores, los rectorados y la gestión económica o administrativa son por supuesto imprescindibles, pero –exactamente hablando– no son por separado ni en conjunto la universidad”.

Agrega Marín que aunque haya hollado su campus no ha estado en la universidad quien no ha atravesado de ida y de vuelta tres puertas. La primera es la de la biblioteca o laboratorios, otra es la de los despachos de los profesores y la tercera es la de las aulas de clase. Y agrega el profesor Marín una cuarta: la de la cantina. En las tres –o en las cuatro– se aprende por igual. Claro que para cruzar estas puertas es elemental que la universidad tenga profesores con dedicación suficiente como para habitar un despacho donde estudian, investigan, preparan sus clases, corrigen exámenes y sobre todo reciben a los alumnos para evacuar sus dudas, recomendarles un libro o reprenderlos por su pereza intelectual. Además, esa universidad debe tener una buena biblioteca en el medio mismo del campus, para que sirva a todos. Y aulas, claro, en buen estado. Y cantina… Las cuatro puertas llevan a la interacción con otras personas que es presupuesto básico de la universidad desde la época de… Alfonso el Sabio.

El sabio rey castellano del siglo XIII decía que la universidad es el ayuntamiento de maestros et escolares que es fecho en algún logar con voluntad et entendimiento de aprender los saberes. Si no se juntan los que saben con los que aprenden, no es posible ninguna institución de enseñanza. Pero lo que define a la verdadera universidad es que todos estudian, empezando por los que enseñan. Ya se ve que no es buena idea llamar estudiantes a los alumnos. Además, nunca se sabe del todo en cuál de las cuatro puertas se enseña y se aprende más: en mi caso fue en la cuarta, sin ninguna duda. Y es curioso, pero según el Diccionario de la Real Academia, la palabra alumno viene de alimentar, que es lo que hace uno todo el tiempo a la edad de ser alumno: comer como cuatro elefantes hambrientos.

La universidad preocupada por enseñar a hacer cosas útiles no es una universidad sino una escuela, por más años que lleve su currículum. Por desgracia es el sello de nuestra universidad, de la de toda nuestra América y de los países que seguimos la tradición napoleónica de enseñar a hacer cosas en áreas cada vez más encasilladas de la actividad humana. Cuando Napoleón Bonaparte racionalizó la universidad, la convirtió en un conjunto de escuelas de profesiones, mientras que en las islas británicas y sus colonias subsistió el modelo medieval que no enseña a hacer nada. En todo caso enseña a ser y resulta que eso era mucho más importante que hacer.

A hacer cualquier cosa se aprende en los primeros días de cualquier trabajo. La universidad no puede competir con esos tiempos ni debe perder un minuto en enseñar algo que, además, no será como lo enseñaron en el momento de trabajar. Para colmo está comprobado que casi nadie termina haciendo lo que pensaba cuando empezó la universidad. Ya se ve que mi primo tenía razón. (O)

Si no se juntan los que saben con los que aprenden, no es posible ninguna institución de enseñanza. Pero lo que define a la verdadera universidad es que todos estudian, empezando por los que enseñan.

* Publicado en el Universo. Viernes, 2 de octubre, 2015. Solicitada su reproducción por la Ed. Marcia Gilbert de Babra, Canciller de la Universidad Casa Grande.

 

 

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