Y EN EL ÚLTIMO DÍA APARECIÓ LA IMAGEN Y SU CREADOR VIO QUE ERA BUENO

Entregado: 15-06-2015 / Aprobado: 23-06-2015

Y en el último día apareció la imagen
Y su creador vio que era bueno
Por Octavio Córdoba

Magíster en Diseño e Ilustración por la Universidad Politécnica de Valencia. Docente de la carrera de Diseño Gráfico y Comunicación Visual de Facultad de Comunicación Mónica Herrera de la Universidad Casa Grande.

La pregunta más común a la que me he enfrentado al mencionar mi profesión, no solo desde las aulas como profesor, sino con otros profesionales (vinculados o no a la comunicación) es, ¿cuál es la diferencia entre un ilustrador frente a un diseñador? A lo que por razones de tiempo, facilidad de explicación e incluso tal vez (inconscientemente) por ego –esa necesidad primigenia del ser humano de sentirse especial– la he explicado a través de la “separación” de ambas profesiones en aspectos de recursos y técnicas visuales, calmando así las dudas de mis interrogantes. Sin embargo, mientras escribo estas líneas, me doy cuenta que tal vez una separación de ambas profesiones es un error. Tanto Saul Bass en sus carteles, Eric Spiekermann en sus tipografías, Milton Glasser en su icónico I love New York, Sagmeister en sus experimentos visuales y sus portadas de discos, como Moebius en sus escenarios surrealistas, McKean en la plasticidad de sus novelas gráficas, Shaun Tan y Rebecca Dautremer en sus álbumes ilustrados, Hayao Miyasaki en sus enigmáticos personajes, Randis Albion y Bastien Lecouffe con sus imágenes surrealistas cargadas de juegos de luces y sombras, David Palumbo en el dramatismo de sus imágenes óStjepan Sejic en la expresividad de sus personajes han buscado un mismo fin: Comunicarse, transmitir ideas, mensajes y sensaciones a través de imágenes.
Las diferencias a niveles aplicativos son marcadas. Mientras que el diseñador debe ser un connoisseur de la tipografía, un estratega de los mensajes aplicados al espacio, un planificador, gestor de mensajes de marcas, y un largo etcétera; el ilustrador debe poseer una versatilidad de estilos pictóricos de representación, una desarrollada habilidad de registro gráfico, la capacidad de crear escenarios y personajes que trasladen y convenzan al espectador de su validez, y al igual que el diseñador, un abanico de competencias que no cabrían dentro de estas líneas. Sin embargo, las similitudes son más fuertes y numerosas; ambos deben ser sensibles al color y sus efectos psicológico-fisionómicos, deben comprender los lenguajes humanos a través de la semiótica, ser capaces de aplicar los principios de la narrativa a las imágenes a través de la retórica, sintetizadores visuales, deben poseer un desarrollado conocimiento cultural, adquirido a través de la capacidad de investigación y, por sobre todas las cosas poseer, mentes capaces de conceptualizar.
Si bien durante la historia de la diseño gráfico ha sido normal encontrar profesionales que se desenvuelvan tanto en el diseño como en la ilustración, cada vez es más habitual encontrar profesionales neófitos o estudiantes que buscan desarrollarse entre ambos mundos, quizás esto se pueda deber a la formación multidisciplinar que se imparte en centros de estudios actualmente, una búsqueda para atraer clientes con requerimientos más complejos, un mercado que busca obtener el trabajo de dos profesionales por el precio de uno, bien porque en última instancia separar ambas profesiones siempre ha sido ilógico, innecesario y complicado. Incluso, tal vez debamos dejar de hablar de ellas como profesiones sino más bien como especialidades, ya que ambas responden a una profesión mayor –la comunicación visual– y tienen un fin común volver visible lo invisible a través de la imagen con el objetivo de comunicar un mensaje.

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