APORTES DEL PSICOANÁLISIS AL VÍNCULO EDUCATIVO

Entregado: 09-10-2015 / 15-10-2015



Por Juan de Althaus Guarderas



Experimentamos una época que es nombrada de múltiples maneras, lo cual hace consonancia con los tiempos actuales: Hipermodernismo, posmodernismo, poscapitalismo, modernidad líquida, caída de las ideologías y valores, fin de la historia, el Otro que no existe, debilidad de lo simbólico, desarreglo de lo real, imperio de las imágenes, época del goce, feminización del mundo y otros más. De alguna manera se logra decir que hay incertidumbre, impredictibilidad, desubicación, desorientación y desorden. Algunos de estos análisis tienden a descalificar la época, comparándola con tiempos pasados, donde las relaciones estaban más claras y organizadas. Pero también podríamos interpretarla como una era de oportunidades de invención. Sin embargo, lo que obstaculiza esta invención es una posición subjetiva del ser hablante que se dirige a una satisfacción inmediata, en un “clic”.

Las múltiples dificultades que experimenta el docente con los estudiantes, se las puede comprender como el goce del conservadurismo pedagógico, del profesor que no logra remover la pasión por la ignorancia que puede anteponer el estudiante. Así se evade el placer de la elaboración pensada, trabajada y conjugada con otros, sobre el saber epistémico en un campo, lo cual demanda tiempo.

En tanto pertenecemos a una colectividad humana premunida del lenguaje, éste proporciona una estructura, siendo uno de sus efectos crear discursos. No se trata del discurso retórico, sino que se alude a una estructura y un vínculo social. La es-truc-tura es un truco-que-dura, una articulación, un nudo que hemos inventado que insiste en el tiempo.

El psicoanalista francés Jacques Lacan, después de la rebelión estudiantil del año 68 en Francia, y a base a su experiencia clínica, elaboró la teoría de los cuatro discursos, de sus “cuadrípodos”: El discurso del amo, el discurso de la ciencia (la histeria), el discurso universitario y el discurso psicoanalítico, que los explicita en el Seminario XVII.

En el discurso universitario, el saber es el agente, encarnado por el docente de la institución educativa, que busca persuadir al estudiante para que goce con el saber, de tal manera que se produzca un sujeto responsable de su falta de saber. Lo que queda oculto debajo es el amo, que son los significantes que gobiernan en una época.

Hace pocos años, Jaques-Alain Miller modificó como hipótesis el discurso del amo, que actualmente es el capitalista. En este caso, el agente no es un significante que gobierna sino el objeto de consumo. Éste se dirige a un sujeto debilitado, confuso, desorientado, que busca tranquilidad y certezas con el consumo de productos. Pero a más consumo, más angustia. Es un círculo vicioso.

El agente le dice al sujeto: “¡Consume!” y trabaja para eso. Es un imperativo categórico, un superyó. Algunos lo llaman “prosumidor”. Como consecuencia, el saber, ocupando el lugar de la verdad, queda relativizado y escéptico. Sólo se le encontrará una utilidad si sirve para consumir o producir, como en el caso de las tecno-ciencias, dedicadas a elaborar objetos tecnológicos para vender.

Cualquier teoría puede ser válida, cada uno tiene “su verdad”. Entonces hay tantas verdades como sujetos hay, y además, cambian. Fenómeno acelerado por el internet y las redes sociales. Entonces, el significante del saber relativizado, incierto, es el que pasa a ser el agente en el discurso universitario, que actúa sobre un estudiante enigmático e impredecible, que no garantiza producir un sujeto con deseo de saber y que asuma consecuencias. Para reparar este debilitamiento del discurso, se presenta desesperadamente como verdadero el extremismo evaluador para validar un orden al servicio del discurso imperante. Más que nada, se inyecta malestar en la cultura.

El vínculo educativo no es como antes, es un barco que hace agua por varios lugares y de allí se derivan algunos síntomas a tratar. Para las instituciones educativas y los docentes es un desafío novedoso e interesante, porque fuerza a reelaborar e inventar el vínculo educativo, asumiendo una responsabilidad civilizatoria. Es un espacio donde se puede procesar la debilidad del deseo de saber y del deseo de enseñar, pero requiere de un tiempo para comprender. Ofrecer al estudiante los objetos culturales para que los acepte y utilice, es un arte, un saber hacer con ello, donde cada acto educativo es un cuadro de Duchamps, una nota discordante de un Schöenberg o una prosa de James Joyce, que rompe el silencio de la cifra.

Quizás lo más valioso que queda de la experiencia universitaria para el graduado es aquella frase que profirió algún profesor en cierto momento y que la tomó al vuelo para usarla en el quehacer de la vida cotidiana.

Hay interrogantes para debatir: ¿Hasta qué punto el docente puede ser considerado un “sustituto paterno” cuando el nombre del padre ha sido derribado de su pedestal y proliferan familias de todo tipo, no “clásicas”? ¿Con el “aprendizaje invisible” se puede mantener la imagen que el docente es el que sabe y el estudiante no sabe y no opina? ¿Se trata de privilegiar un orden epistémico en el aula o ayudar al estudiante a que ordene a su modo la episteme? ¿Hay que resaltar el estándar o la particularidad del estudiante y del profesor?

Hoy es muy variable el vínculo educativo, lo cual da mucho espacio para la invención. Cada semestre se encuentra el docente con un grupo diferente de estudiantes, y tiene que modificar inventivamente el programa de la materia y usar de manera distinta los recursos pedagógicos. También el estudiante descubre en cada materia a profesores muy singulares, y tendrá que manejarse según cada cual. Al final, ¿qué es lo que se transmite, sino una falta, un agujero, algo para a-bordar?

 

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