TARDE DE AJEDREZ

Entregado: 30/05/2014 Aprobado: 05/06/2014

Por Diana Estefanía Carlier

A Don Pedro se le enfriaba su taza de té. Se había quedado ensimismado frente a la mesa de ajedrez. Se despertó con el golpe sordo que dio la cuchara al caer sobre el piso. Se agachó a recogerla y cuando levantó la cabeza, se quedó mirando el portarretrato de María Rosa.

Desde hace mucho tiempo, se venía sintiendo así, perdido. María Rosa ya no estaba. Los vecinos afirmaban que se había ido a comprobar si el cielo realmente existía, o era simplemente una mentira para atemorizar a los ingenuos. Las velas en su cuarto se encendieron al caer la noche y la cera goteaba sobre el mantel que adornaba la mesa. Los empleados de la casa se encontraban todos dormidos, en silencio. Los alrededores, incluyendo los jardines, se encontraban en una profunda paz. La paz de los que duermen plácidamente sin pensar en el mañana.

El don de escribir siempre caracterizó a la familia Manosalva y se convirtió en algo de lo que se jactaban constantemente. Don Pedro no escribía desde la pérdida de su primer hijo, años atrás. Digo primero, porque fueron muchos los abortos que sufrió su esposa antes de tener a su primogénito. Miles de libros y cuadernos adornaban el estudio de los Manosalva, la mitad de ellos eran anécdotas escritas por Don Pedro y su esposa años atrás.

Desde que se levantó por la mañana, Don Pedro estuvo de mal humor porque no lograba encontrar ninguno de los ya mencionados cuadernos. Éstos siempre estaban en las repisas superiores del estudio, medio escondidos porque eran asuntos privados. Al perder a la única persona que podía estar interesada en leerlos, Don Pedro los sacó del escondite. No contaba con ninguno de sus empleados por el momento, así que dejó la tarea de búsqueda para el siguiente día.

Al llegar la mañana, el sol brilló como hace días no lo hacía, calentando los viñedos y las tierras cacaoteras pertenecientes a los Manosalva. El desayuno fue servido en el jardín y Don Pedro había olvidado por completo los cuadernos. Se levantó con buen ánimo y sin preocupaciones. Caminó por todos los viñedos haciendo su inspección diaria, saludando a sus empleados y probando el vino que sus fructíferos viñedos producían. Caminó incansablemente y se tomó la molestia de inspeccionar cada cuarto de la casa, buscando algo que definitivamente no se le había perdido. Al caminar, notó extraño que cada cuarto estuviese ocupado por alguien y que dichos ocupantes lo saludaran amenamente diciéndole: ¡Cómo está Don Pedro! Se lo extraña por estos rumbos. Pensó que los “tan corteses” invitados serían conocidos de su segundo hijo y por eso se encontraban de paso en su casa.

Terminó su inspección y se sintió cansado. Las fieles damas de blanco le sirvieron una limonada y lo acompañaron hasta su pieza. La noche llegó y con ella la tarea incumplida de buscar los cuadernos perdidos. Buscó y buscó por todas las repisas, los cajones, bajo la cama y finalmente concluyó que los cuadernos habían sido robados. Sí, robados por alguno de los empleados con el vil deseo de sacarlos a la venta. Don Pedro siempre decía que aquel era un material tan valioso que no daba para menos. En medio de la conmoción, registró los cuartos de cada uno de sus empleados hasta el cansancio más no encontró nada. Notó que sus vestimentas eran blancas otra vez, completamente blancas, impecables como para que fueran ropas de dormir. Pensó que quizás sus sueldos no les bastaban para tener un ajuar de todos los colores. Se dio cuenta que su paranoia no lo llevaba a ningún lugar y decidió olvidarse por el momento de los cuadernos y buscarlos con más calma en su habitación.

Se encerró en ella toda la noche. Sacó cajas, baúles y hasta ropa que había pertenecido a su amada María Rosa. El resultado fue el mismo, nada, no encontró absolutamente nada. Decidió tomar un baño para así poder refrescar su mente y poder buscarlos calmadamente cuando saliera. Su baño era de aquellos antiguos, con chapas de oro y grandes tinas. Había gran espacio para vestirse y cuadros de la época colonial. Uno de estos cuadros tenía algo en particular: era el retrato de María Rosa sentada en el balcón sujetando un ramo de flores. Don Pedro lo contempló por varios minutos y se sintió feliz como hace años no se sentía. Al salir, el piso se encontraba frío y el retrato no estaba más colgado. Por el contrario, había un interruptor de luz muy antiguo. Don Pedro estaba confundido y desconcertado. Se recostó por un momento para tratar de organizar las ideas en su mente y se durmió.

Las campanas de la iglesia lo despertaron al par de horas y se levantó más calmado y con ganas de escribir. Se asomó por la ventana y se dio cuenta que ese día era tarde de ajedrez. Las enfermeras de blanco ya estaban repartiendo el postre y sus cuadernos lo esperaban en la mesa de estar. Su enfermera de turno, María Rosa, le trajo su medicina y Don Pedro se sintió el hombre más feliz.

 

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