SANTIAGO EN EL TEMPLO DEL SEÑOR

 Por Luis Bermudes
 Profesor de inglés en la UCG y en Copol. Tiene una maestría en TEFL (Teaching English as a Foreign Language). Ha escrito tres libros de lectura para alumnos de inglés (Blood Type, Antonio y Wetback), ha realizado estudios en Inglaterra y Estados Unidos y expuesto en talleres y congresos. Su mayor interés es la escritura creativa en inglés o en español.
 
 

Santiago es un vagabundo que camina por la vía Perimetral todos los días. Se le puede ver descalzo, sin prisa, delgado, enjuto, con ropas sucias y rotas, siempre mirando al horizonte cual si esperase que algo apareciese. A veces sonríe para sí mismo, como si recordase algo agradable y al poco deja de sonreír. En ocasiones mueve los labios porque, de tanto estar solos los vagabundos, acaban hablando consigo mismo.

Santiago recorre la Perimetral deteniéndose cuando le place y el tiempo que le parezca. Nadie le espera y nadie le apura. En ese sentido es como un rey, pues no admite mandato, aunque no manda a nadie, y hace y deshace, aunque sabe cuáles son sus límites. Come de las sobras de otros y bebe del agua que le regalan siempre que pide. De él sólo se destaca su frondosa cabellera de color café, jamás lavada en años y cuyas hebras se han pegado entre sí por la suciedad dándole, involuntariamente, la apariencia de un hombre usando el famoso estilo afro.

Un día alguien decide hacer algo por él. Un pequeño grupo de jóvenes cristianos, llenos del amor del Señor, han decidido que es momento de traer a esta oveja perdida de vuelta al rebaño. Se dicen entre ellos que si a éste lo pueden salvar, entonces podrán salvar a cualquiera. Van hasta él primero los varones del grupo, preparados para confrontarlo en caso de que el vagabundo resulte estar loco y se ponga violento.  Precaución innecesaria pues Santiago sólo demuestra sorpresa, ya que nadie, durante mucho tiempo se había dignado siquiera hablarle. Santiago habla bajo, pero claramente, y con serenidad acepta escuchar lo que estos jóvenes desean hacer con él. Aquellos le tientan con comida y la buena nueva de la vida eterna, pero Santiago ya está convencido con solo la comida.

Deciden llevarlo al templo donde se suelen congregar, pero antes le hacen tomar un largo baño. Los jóvenes se asombran al ver que los cabellos de Santiago no son de color café, como aparentan, sino bastante más claros, casi rubios; y sus ojos, cuyas pupilas estaban siempre ocultas por la sucia cabellera, ahora se revelan verdes, de expresión simple y claros como la menta. Le dan ropas usadas, pues no tienen para comprarle nuevas, aunque limpias, que él se pone con una sonrisa. Por último le cortan los cabellos ahora rendidos por el agua y agotados de haber sostenido tanta suciedad por tanto tiempo. Los chicos descubren piojos en los cabellos de Santiago, así que deciden llegar hasta el cuero cabelludo. Finalmente, viene la mejor parte para Santiago, a quien le cumplen dándole un opíparo banquete del cual solo come la mitad, insistiendo en guardar el resto para el día siguiente. Santiago no sabe que no es intención de los muchachos dejarlo ir. Le han tomado fotos, especialmente antes de limpiarse, con las cuales elaborarán un informe a su comunidad.  Además no se puede ir sin haber aceptado al señor Jesús en su corazón, así que le mantienen ahí hasta cuando es la hora en que se reúne la comunidad.

Ya en la noche una gran cantidad de cristianos se ha reunido. El pastor los arenga para que se arrepientan, a pesar de que ellos están ahí porque ya lo han hecho.

Estos son los últimos tiempos…–dice el pastor con vehemencia– sólo hace poco leí en un periódico que unos astrónomos habían descubierto, cójanse duro… ¡Una ciudad dorada acercándose desde los confines del Sistema Solar!  Y en Israel, en Israel fíjense, iban a darle nombre a una recién nacida y entonces ella les habló preguntándole por qué le iban a dar un nombre si ya son los últimos tiempos…otra estaba en un hospital y luego ya no… un joven caminaba en el corredor de su casa con su hermano detrás y en un instante ya no está y el hermano se pregunta dónde fue… y la respuesta es …¡con Jesucristo! Pues es el día del Rapto[i] cuando todos los cristianos serán llevados por los ángeles del Señor para que no sufran el castigo reservado a los mundanos…Si tú quieres ser llevado también por el Señor entonces haz un cambio en tu vida, tal y cual lo hizo este hombre que les voy a presentar a continuación…

Las luces se apagan y en una pantalla aparecen las fotos de Santiago antes del cambio que obraron los muchachos. La congregación permanece muda sin reaccionar.

Su nombre es Santiago. Era un vagabundo que había maldecido a su creador, un hombre que se había envilecido por su adoración a la lujuria, a lo mundano y a lo profano. Por ello el Señor, nuestro Dios, lo había apartado de sí esperando, como el padre amantísimo que es, que Santiago volviese por la senda del bien. Un día yo lo vi y al verlo lloré, lloré hermanos porque sabía que él era una oveja perdida y debía volver al rebaño de Dios. Instruí con mi espíritu a mis jóvenes hermanos para que lo buscasen y lo redimiesen. Ellos hicieron lo que yo esperaba de ellos y rescataron a Santiago de su vida pecadora. Ahora mírenlo…

Aparece otra foto en la pantalla y muestra al nuevo Santiago. Los presentes hacen gestos de admiración.

Mira hermano, el milagro obrado en este personaje gracias al poder de Cristo salvador… ¡Gracias, padre de los cielos!

Las luces se prenden y muestran a Santiago cambiado con lágrimas en sus ojos. El pastor le abraza.

Dinos Santiago… ¿Has aceptado al Señor en tu corazón?

Santiago no responde. No sabe qué decir. En eso mira hacia arriba y empieza a saltar y  a decir cosas que nadie entiende.

¡Hermanos, está hablando en lenguas! ¡El Espíritu Santo se está manifestando en estos momentos! ¡Arrodíllense!

La congregación entera, en medio de los cuales están los jóvenes que recogieron a Santiago, se arrodilla con exaltación. El pastor intenta poner el micrófono cerca de Santiago para que los demás escuchen lo que dice.

¡Dónde mando yo, no manda nadie! ¡Dónde mando yo, no manda nadie –dice Santiago sin cesar en el paroxismo de sus saltos.

¡Así es hermanos, dónde manda nuestro señor Jesucristo no manda nadie más!

Al poco tiempo Santiago va deteniéndose, calmándose y feliz de haber sido recipiente del Espíritu Santo. Otros miembros de la congregación, otros hermanos cristianos, lo llevan fuera del escenario y lo emplazan entre el público para que siga observando al pastor, quien ha venido nada menos que desde Puerto Rico. Pero pronto Santiago se emociona de nuevo y vuelve a saltar diciendo que dónde mando yo, no manda nadie. El pastor se molesta al ser interrumpido.

El desorden es del diablo– dice sin más miramientos.

Los jóvenes, un poco avergonzados, se acercan a Santiago y discretamente le hacen calmarse. Santiago, es sin embargo, incontenible. Se está quieto un rato y más tarde ya está saltando de nuevo diciendo lo mismo y lo mismo. Varias veces los jóvenes acuden para detenerlo al sentirse responsables de él y suspiran con alivio cuando es el momento de los cánticos. En esos instantes todos alaban y aplauden al son de una banda que canta alabanzas al Señor y por ello las manifestaciones espirituales de Santiago pasan un tanto desapercibidas. Al terminarse la reunión de aquella noche, ya casi a las doce, discretamente alguien les dice a los jóvenes que Santiago puede volver solamente si logra controlarse. Afligidos los jóvenes se ven ante una decisión terrible, para lo cual oran a Jesús para que los guíe. Luego hablan y con prisa deciden qué es lo mejor.

Le ofrecen a Santiago albergue para que duerma y a la mañana siguiente lo embarcan en una camioneta y cruzan la ciudad. Santiago no sabe qué está pasando y deja que ellos hagan mansamente con él, pues estos jóvenes han cambiado su vida. En eso se da cuenta de cual es el lugar de su destino. Están otra vez en la Perimetral, en el punto dónde Santiago fue encontrado. Con lágrimas en los ojos los chicos lo bajan, le dan algo de dinero y ropas. Al final todos lo abrazan y le dicen que, por favor, no intente regresar a su templo.

Santiago les ve alejarse sin comprender del todo. Aún sigue mirando por un largo rato como si tuviera la esperanza de que volvieran, aunque ya no volverán. Entonces un sentimiento, que jamás había experimentado antes, le invade. Mira las ropas que le han sido dadas y con una mueca en su rostro se las quita, luego las lanza al suelo y salta sobre ellas varias veces ensuciándolas. Apenas se queda con un calzoncillo puesto y así camina con decisión en la dirección en que se fueron los jóvenes, adentrándose en la ciudad. Pronto un patrullero lo ve y le detiene.

¡Oiga! ¿Qué se cree, que está en una playa nudista estando así?– le pregunta uno de los oficiales del patrullero.

Santiago lo mira. Sus ojos verdes ya no son simples, sino insondables.

¡Dónde mando yo, no manda nadie!, –dice con gran convicción–. ¡Dónde mando yo, no manda nadie!

Aquel día los patrulleros lo llevan al hospital Lorenzo Ponce donde habrá de permanecer hasta el final de sus días, si es que nadie lo reclama. Ahí Santiago vive tranquilo, no da problemas, ni socializa con nadie, y si alguien acaso decide hablar con él, lo mira a los ojos y dice con firmeza: ¡Dónde mando yo, no manda nadie!



[1] El Rapto o Arrebatamiento es la creencia, entre algunas comunidades cristianas, según la cual todos los que han sido fieles a Cristo, vivos o muertos, serán llevados a la presencia de Dios antes de dar paso a los eventos del día del Juicio Final.  

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