MI AVENTURA ECUATORIANA

Entregado: 02-09-2015 / Aprobado: 30-09-2015

Por Juan Pablo Aguiló 

Estudiante del segundo año de la carrera de Periodismo de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, Buenos Aires – Argentina (UCES). Estudiante de intercambio en la Universidad Casa Grande (UCG).

El avión despega hacia Ecuador y veo desde la ventanilla cómo se alejan las millones de luces mortecinas de mi querido Buenos Aires. Allí están depositados mis anécdotas y recuerdos más profundos; allí se encuentra mi familia, mis amigos; allí está mi vida entera. El avión se alza por encima de las nubes y no sé si la piel se me eriza por esta rápida nostalgia o por la expectativa de lo que vendrá. Estaba convencido que este intercambio en UCG sería verdaderamente enriquecedor y sabía que debía vivirlo del mejor modo: como una apasionante y verdadera aventura.

“Habiendo tantos países interesantes, sorprendentes y tan lindos. ¿Por qué eliges Ecuador para realizar un intercambio estudiantil?”. Una señora cincuentona de anteojos, bajita, muy sonriente me realizó esa pregunta en el avión antes de llegar a Guayaquil, y es hasta hoy en día que me sigue cuestionando exactamente lo mismo: “¿Por qué Ecuador?”.

Esa pregunta me dejó pensativo pero sabía que la respuesta la obtendría con el pasar de las semanas. Salí del aeropuerto y al instante el calor me abrumó. En Buenos Aires, en los meses de diciembre y enero suele hacer mucho calor, sin embargo, el calor guayaquileño lo sentí bastante más intenso. Desde el taxi que me llevó al hostal donde viviría por seis meses, pude ver los primeros rasgos de la ciudad: pocos edificios y muchas viviendas de poca altura, antiguas casas con blancos balcones ubicadas en el barrio de Urdesa y lo más destacado era la aparición de cerros verdes, algunos de ellos poblados, que surgían aleatoriamente en algunos sectores de la ciudad.

Faltaba todavía un mes para el comienzo de clases y quería aprovechar ese tiempo de la mejor forma: viajando y explorando nuevos lugares. En la playa pude conocer la fiesta y carnaval de Montañita, y a pocos kilómetros de allí, Puerto López, pueblo pesquero con coloridas taximotos transitando por sus calles de tierra. En la sierra, conocí la antigua ciudad de Quito rodeada por imponentes montañas y volcanes, y en el pequeño pueblo de Baños pude vivir la adrenalina a través del rafting y “salto del puente”.

Las mejores experiencias llegaron cuando ingresé a UCG. Una universidad pequeña, pero muy acogedora por el cordial trato de los profesores y alumnos. Los edificios de poca altura, las iguanas escondidas en la abundante vegetación y las dos pirámides de vidrio otorgan a la universidad un tono diferente y especial. Los árboles con extensas ramas y lianas que llegan casi hasta el piso cubren a las personas de los calurosos rayos del sol, para formar un ambiente cálido y agradable en el bar, donde se reúnen los que quieren compartir buenos momentos charlando y, viendo a los saltos, partidos de fútbol por televisión. Nunca fue necesario que me acerque a mis compañeros para entablar conversación, sino que ellos mismos lo hacían comenzando casi siempre por la misma pregunta: “¿Por qué Ecuador?”.

Desde un principio sabía que la experiencia en Ecuador sería enriquecedora en todo sentido. Y esto lo comprobé con los viajes realizados por casi todo el país, al conocer lugares únicos de Guayaquil, como el Barrio Las Peñas y el Malecón; y al estudiar en UCG donde hice nuevos amigos. Ecuador logró atraparme, enamorarme y dejarme asombrado con su belleza. Cuando suba al avión para volver a Buenos Aires y despegue, seguramente miraré por la ventanilla y nuevamente se me erizarán los pelos de la piel, por la tristeza de ver como, se aleja la ciudad, el país, donde pude independizarme y crecer.

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