HISTORIA PÓSTUMA DE UN ALBAÑIL

Por Priscilla Tinoco
 Estudiante del séptimo semestre de periodismo de la Facultad de Comunicación Monica Herrera de la UCG.  
 

Tenía una vida. Hoy, sobre la bandeja, es un montón de huesos que alguien intenta hurgar para determinar algo que ya todos saben: está muerto

En el anfiteatro, a las ocho de la mañana, Diego Armando Anchundia,  no es más que un maniquí, su cuerpo inerte sirve de investigación. Cinco horas antes, en la madrugada del 11 de noviembre era un joven de 24 años, pelotero y trabajador. Un soñador que anhelaba ir a la universidad, como lo describe su padre, Holger Anchundia.

Diego se ganó el “premio gordo” después de una noche de jugar fútbol y tomarse unas cervezas a dos cuadras de su casa en la 27 y la H, cuando dos antisociales lo acorralaron para tratar de robarle su bicicleta. Ellos esperaban al que sea. No importaba si se llamaba Juan o Juana. Cualquiera servía a la hora de saciar sus bajas acciones. Quien se les cruzó en el camino fue Diego, quien resistió al robo y lo “premiaron” con tres balazos en el pecho.

Ahora,  rígido, con los ojos cerrados y con el tórax abierto con un corte de 50 cm. es uno de los ocho testigos silenciosos que perecieron en la primera semana de noviembre.

El silencio de la sala de anfiteatro lo interrumpían ocasionalmente las preguntas de los estudiantes de Derecho de la Universidad Ecotec. Las mujeres demostraban su valentía al estar al pie de la camilla, viendo todo, anotando y preguntando. Los del “sexo fuerte”, por el contrario, trataban de disimular la impresión que les causó asistir por primera vez a una autopsia.

Rafael Torres, fue uno de los que prefería salir de la sala varias veces. Al disimulo, intentando que nadie lo vea, se comió un caramelo porque sentía que se desmayaba.

Vestía de leva debajo de su mandil, ese traje que caracteriza a los abogados, profesión que aspira ejercer en dos años. Criminología no es una de las ramas de Derecho que le guste, pues eso de lidiar con muertos no es algo que agrade a cualquiera.

Y es que una necropsia la debe hacer alguien con nervios de acero y requiere de más procedimientos y papeleo que un trámite bancario. Primero, hacen el levantamiento del cuerpo en el lugar del crimen, sólo los médicos foráneos pueden tocar al occiso. Lo trasladan a la morgue, y quien lo recibe es el Dr. Montenegro, especialista por más de 26 años en medicina legal. Le colocan una cinta en la muñeca al fallecido especificando sus nombres y su hora de muerte y llenan formularios con el certificado de defunción.

La forma en que abren los cuerpos, se  puede observar fácilmente en una escena de las películas de Tarantino. Después de revisar el cadáver de forma externa, proceden a hacer una incisión en forma de T de hombro a hombro por debajo de la clavícula hasta llegar el ombligo.

Mientras realizaba los cortes, el patólogo explicaba a los alumnos como se debe cercenar: En perpendicular hacia abajo, a partir del tórax se levanta un poco la pared abdominal para no lesionar las vísceras abdominales. Luego se corta a cada lado transversalmente en la parte inferior del abdomen…, detallaba con la tranquilidad de alguien a quien la muerte ya no le provoca pesadillas en las noches.

A pesar de que a simple vista se observa que las balas fueron en el pecho, el Código Penal impone que se realicen incisiones en las tres cavidades: craneal, abdominal y torácica, a todos los cuerpos que hayan fallecido por causa violenta, así su familia no esté de acuerdo.

– ¿No salpica sangre cuando le abren el cráneo? La pregunta rayaba en el sadismo y quien la hacía era una inquieta alumna de Derecho, en el instante en que con un serrucho de carpintero le destapaban el hueso parietal para observar el cerebro.

–No, contesta su profesor, Reinaldo Cevallos, Juez penalista.

Mientras en el anfiteatro ocho personas entre patólogos, médicos forenses y estudiantes, como buitres manipulaban, extirpaban y movían el cuerpo inerte y amoratado de Diego. Afuera, a pocos metros, Holger, su padre, todavía no salía del shock de perder a su hijo. Sin imaginarse el procedimiento que le estaban haciendo, el albañil se sentó en la acera con mirada perdida.

Y en aquel cuarto de olores agrios de mezcla de sangre y formol, el cuerpo de Daniel, que reposa sobre la bandeja, es igual que cualquier otro, pues tiene 206 huesos, 32 dientes, tres mil millones de células, 600 músculos y un corazón que bombeó 6.500 litros de sangre al día y que ahora, amoratado y duro, ya dejó de latir.

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