LOS DERECHOS HUMANOS Y LA FELICIDAD

Entregado: 02-05-2016 / Aprobado: 05-05-2016

Sensibilizando a la política

Por César Silva Caroca

Estudiante de segundo año de la carrera de Ciencias Políticas de la facultad de Administración y Ciencias Políticas de la Universidad Casa Grande (UCG). Posee estudios en Derecho. Ha sido presidente de la Federación de estudiantes en la Universidad ARCIS (Chile), Jefe del departamento de Investigación y Análisis Político de la consultora CAISA y Jefe de área del departamento de Humanidades y Estudios Sociales del colegio Balandra. Actualmente, es profesor titular en la Unidad Educativa Monte Tabor Nazaret

 

Vivian Cartagena Rivera

Estudiante del segundo año de la carrera de Ciencia Políticas y Relaciones Internacionales de la facultad de Administración y Ciencias Políticas de la UCG.

 

Melina Vallejo Zambrano

Estudiante del segundo año de la carrera de Ciencia Políticas y Relaciones Internacionales de la facultad de Administración y Ciencias Políticas de la UCG.

 

“La felicidad está muy relacionada al capital social, y muy poco al dinero y a lo material. Estos hallazgos sin duda abren la puerta para que definitivamente nos decidamos a promover la confianza, los valores y las relaciones sociales en vez de buscar recompensas materiales”, afirma Wenceslao Unanue, Profesor e investigador de la Escuela de Negocios de la Universidad Adolfo Ibáñez.

 

En la conferencia de Río+20 en Río de Janeiro (Brasil, 2011), el ex mandatario uruguayo, José Mujica, posiciona frente a la comunidad internacional un concepto fundamental pero desaparecido en gran parte de nuestra historia, la felicidad: “Venimos al planeta para ser felices…y ningún bien vale más que la vida, y esto es lo elemental”.

 

Este llamado de atención cuestiona la concepción de ‘ desarrollo’ predominante, sobre todo, durante el siglo XX. El economista norteamericano y pionero en el campo de la economía de desarrollo, Michel P.Todaro,  lo define como la “elevación de los niveles de vida de los individuos, es decir, de sus niveles de ingreso y consumo” (Borja, Enciclopedia de la Política, 1997, p. 387); por ende, un país es desarrollado cuando crece económicamente y la felicidad se centra en objetos, no en el ser humano.

 

Esto genera en el siglo XX la personificación del dinero y la cosificación de la persona. Mujica señaló: “Es posible hablar de solidaridad y que estamos todos juntos en una economía basada en la competencia despiadada”. La I y II Guerra mundial, la Guerra fría, la contaminación y desigualdad social, son solo algunos efectos que se originan a raíz de esta competencia en la que cada vez más la máxima de Thomas Hobbes, “el hombre es el lobo del hombre”, toma sentido.

 

¿Un país donde prime la economía puede considerarse desarrollado y feliz? Chile ha mantenido en los últimos años uno de los índices más altos de crecimiento económico en Latinoamérica, sin embargo, al mismo tiempo lidera en otro ámbito que tiene que ver con la salud mental de su población: la mayor tasa de suicidios de la región  (Revista Médica de Chile, n.d.). ¿Por qué ocurre esto? Quizás por confundir precisamente lo accesorio –el crecimiento material– con lo principal, la calidad humana y la felicidad en su población.

 

Bután implementa en la década de los ochenta políticas públicas con un enfoque humano, pasando de tener un producto interno bruto a una felicidad interna bruta, punto de partida para que en el siglo XXI se comience a hablar más de calidad de vida. El Primer Ministro de Bután, Lyonpo Yeshey Zimba, señaló:

 

(…), el desarrollo de lo material no es el adecuado, tiene que haber un desarrollo equilibrado, un desarrollo con un rostro humano, es decir, centrado en las personas, por esta razón hemos intentado tener en cuenta no solo el desarrollo económico, sino también otros factores, como la sociedad, el entorno nacional, la cultura o la gestión de los asuntos públicos. (Butan y la Felicidad, 2012)

 

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) confirma este nuevo escenario señalando que lo necesario para un crecimiento pleno son la “libertad, dignidad humana, salud, seguridad jurídica, confianza en el futuro, estabilidad económica, bienestar, cultura, educación, medio ambiente sano, satisfacción por el trabajo desempeñado, buen uso del tiempo y una vasta gama de otros valores” (Borja, Enciclopedia de la Política, 1997, p. 389).

 

La política comienza a incorporar lo deontológico, normas morales capaces de establecer prioridades en la sociedad que van en busca de la dignidad y, a diferencia de la anterior, parte de la bondad natural. El Estado fija ‘deberes innegociables’, que no solo se preocupan de equilibrar a los ciudadanos en derechos, sino además de garantizarles una buena vida. J. Habermas sostiene que “lo que obliga a los participantes (…) es la fuerza vinculante de un tipo de razones que se supone deben convencer igualmente a todos los demás (…), responde igualmente a los intereses de todos” (Habermas, 2003, p. 7).

 

La vida es más o menos la misma para todos, por eso tiene cabida la universalidad en el mundo de la política. Hay deberes innegociables que se traducen en un concepto: derechos humanos, normas inherentes y condiciones mínimas que deben tener todas las personas, derechos (y no privilegios) que reivindican al ser humano y fijan su dignidad sin excepción. Es verdad que nacen formalmente a mediados del siglo XX y que fueron orientados en su primera etapa a mantener la paz en la comunidad internacional, pero ahora en el siglo XXI, los derechos fundamentales son necesarios para que cada uno pueda desarrollarse plenamente, y ayudan a obtener la calidad de vida que cada uno se merece.

El 19 de julio de 2011, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la resolución 65/309, La felicidad: hacia un enfoque holístico de desarrollo, lo que confirma este giro en la política hacia una centrada en valores humanos.

 

En conclusión, con los derechos humanos se ayuda a alcanzar la prosperidad, haciendo que las políticas públicas no mercantilicen las necesidades básicas del país. El desarrollo se deja de concebir solo como un crecimiento económico y pasa a tomar en consideración la calidad de vida.

 

Referencias:

Borja, R. (1997). Enciclopedia de la Política. Fondo de Economía y Cultura: México.

Hábermas, J. (2003). La Ética del Discurso  y la Cuestión de la Verdad. Recuperado de www.philosophia.cl/escueladefilosofíauniversidadARCIS.

Mujica, J. (2012). Discurso del presidente de Uruguay en la Cumbre Río+20. Recuperado de www.apuntesdeescritorio.wordpress.com/2012/06/26/discurso-de-jose-mujica-presidente-del-uruguay-en-la-cumbre-rio20/

 

 

La vida es más o menos la misma para todos, por eso tiene cabida la universalidad en el mundo de la política. Hay deberes innegociables que se traducen en un concepto: derechos humanos (…).

 

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