¿QUÉ HAY DETRÁS DE LAS ADICCIONES?

Entregado: 30-05-2015 / Aprobado: 10-06-2015

Por Mgtr. Juan de Althaus

Magíster en Psicoanálisis, con mención en clínica psicoanalítica de la Universidad Católica Santiago de Guayaquil. Licenciado en Humanidades con mención en Historia en la Universidad Católica de Lima. Estudios de Psicología Clínica. Psicoanalista y actual director de publicaciones de la Universidad Casa Grande y profesor de varias asignaturas de Humanidades.

Hay que comenzar con una pregunta, porque el consumo adictivo de múltiples objetos, no solo drogas, cierran las interrogantes. Se prefiere la ilusión de una satisfacción inmediata, total, con la sustancia o con algún aparato tecnológico, como si fuera a taponar la falta en la subjetividad, el malestar, el sufrimiento o la angustia. Sin embargo, con el consumo, la angustia se acrecienta con la presencia imponente del objeto de goce, sin que exista alguna mediación con el Otro social, cultural, es decir, con el lenguaje en general, y el sujeto vuelve al consumo como una rueda sin fin, un goce ilimitado.

Por eso es una ética cínica (toda regla, vínculo y costumbre social es desconocida), porque excluye al Otro, cayéndose en el goce auto erótico, en el goce de lo Uno, la satisfacción meramente solitaria. Es propio de la época del híper-capitalismo, aliado con la híper-tecno-ciencia, exponencial. En otras culturas, el consumo de drogas tenía un significado mítico y se restringía exclusivamente a los rituales sagrados, incluyendo el éxtasis chamánico, cuya función era purificadora del espíritu.

La civilización actual es de goce repetitivo e infinito con el consumismo, expresado en el slogan publicitario superyoico: “¡Compra ya!” Hay una adicción y soledad generalizadas. En estas coordenadas se ubica también el consumo de ideologías fanáticas. La preeminencia del objeto de consumo hace que cualquier cosa pueda ser adictiva, como pegarse a los videojuegos, las diversas pantallas, incluyendo el workholique. La globalización está marcada por el tráfico internacional de estupefacientes, y casi no hay sector de poder que se escape, desde el Estado Islámico, pasando por las FARC y terminando con el gran capital financiero.

Pero el consumo masivo tiene la contraparte en una soledad radical del sujeto. El síntoma parlanchín es desplazado por el síntoma mudo. La resistencia se manifiesta con la anorexia y el desprecio por el goce y vínculo sexuales. Las celebridades transcurren de una “desintoxicación” a otra, sustituyendo las drogas prohibidas por las médico-legales. El psiquiatra ya no escucha el malestar, sólo dirime sobre las dosis. Hay multiplicidad de tratamientos, aunque se centran en una especie de re-educación del toxicómano, donde su singularidad de sujeto queda por fuera.

Una de las respuestas ante el malestar de la civilización actual es el psicoanálisis, tal como lo formularon Sigmund Freud y Jacques Lacan. Postula que la toxicomanía es una satisfacción inmediata (goce) sin pasar por la vinculación social. Desde temprana edad, el sujeto ha sido impactado por el lenguaje apalabrado de los padres, de manera particular en cada caso. Si el sujeto consiente a la palabra del Otro, logra filtrar el goce, pero una parte de ese goce se pierde: esto se nombra como el objeto. Es como un meteorito que cae sobre la superficie de la Tierra y deja un hueco. El sujeto trata de recuperar el objeto perdido (el “paraíso perdido”), buscando llenar ese agujero (lo cual es imposible), dando vueltas alrededor de innumerables objetos sustitutivos, como un plus de goce. Sin embargo, este objeto también puede operar como una “causa de deseo de”, si es que se articula al uso del lenguaje. Un deseo que trata de satisfacerse parcialmente, de manera mediada, vinculándose con otros a través de la palabra, socializándose. A mediano plazo, los pequeños logros le producen cierto placer.

Este deseo se basa, entonces, en algo que falta, lo cual moviliza al sujeto. A este hecho de estructura Sigmund Freud lo llamó castración. Con la adicción, el sujeto evita la castración, satisfaciéndose con el consumo permanente de una sustancia, por ejemplo, con la cual cree que puede recuperar el objeto perdido sin pasar por el Otro del lenguaje, produciendo una satisfacción meramente corporal, autista, aislada, solitaria y muda.

El psicoanálisis propone escuchar al sujeto, su malestar, sus impasses. No de forzarlo a dejar las adicciones, sino que a preguntarse sobre su posición ante el consumo. Esto implica que se dirija al Otro del lenguaje, mediante la palabra libre en las sesiones. Que realice un pasaje de un goce único de la sustancia o de cualquier otro objeto, hacia el goce de hacer uso de la palabra. De esta manera podrá convertir “su problema” en un síntoma sobre el cual trabajar mediante sus interpretaciones, dejando un resto minimizado de goce que es inescrutable, con el cual pueda ser tolerante y convivir de manera inventiva. Por esta vía se confronta a su propia castración, su falta subjetiva y se responsabiliza de ella sin taponarla. En este sentido, el psicoanálisis es fundamentalmente una ética, no del “buen vivir” (que está del lado del goce), sino del bien decir sobre su propio deseo.

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