MÁS HABITANTES, MUCHA PROPUESTA Y POCA AGENDA

Explicación de un histórico déficit habitacional

Por Isabella Romero Argüello
 
Estudiante del tercer año de la carrera de Ciencias Políticas de la UCG. Aceptada en el programa de Liderazgo para la transformación a realizarse en convenio con la Corporación Andina de Fomento (CAF) y Escuela Superior Politécnica del Litoral. Actualmente voluntaria de Hogar de Cristo.

La mala cultura organizativa, propia del Ecuador a lo largo de su historia,  ha generado y agravado el déficit habitacional. Los asentamientos irregulares ligados al crecimiento urbano acelerado, la inestabilidad política, la inequidad existente y la economía informal han privado a los ciudadanos de gozar de su derecho a la vivienda imposibilitando el inicio de su camino hacia el desarrollo y las mejoras de sus condiciones de vida.

            La inestabilidad política y la economía informal de los ecuatorianos han contribuido a los asentamientos irregulares, producto del crecimiento urbano acelerado y la inequidad. Se entiende el déficit habitacional como la incapacidad de poseer vivienda propia que brinde un hábitat seguro y saludable para la familia. Los asentamientos irregulares son establecimientos poblacionales al margen del marco legal y siguen un comportamiento no organizado.

Dicho proceso fue producido por la migración campo-ciudad basada en un crecimiento especulativo y expansivo de las ciudades, propuesta mayormente por el gobierno central, que no alcanzó a cubrir las expectativas de la población. El aumento demográfico en las ciudades (léase crecimiento urbano) no se generó por el incremento del número de personas residentes, sino por las expectativas del suelo (Carrión, 1995).

Este fenómeno se agravó debido al acelerado proceso de urbanización a partir de 1974 con la creación de 130 cantones hasta el 2001. A nivel nacional las viviendas urbanas se vieron duplicadas, pero resultaron insuficientes comparadas al crecimiento poblacional en el sector urbano (3,73%) que inclusive superó al nacional (2,44%).

Podemos dilucidar que no existió un consecuente desarrollo habitacional que cubriera la demanda creada. La excesiva centralización por parte del gobierno también incidió (Acosta, 2009).

La inestabilidad política ha sido un factor constante en la historia del Ecuador, en donde se ha sentido la ausencia de un plan de desarrollo a largo plazo. En los últimos años la inestabilidad política ha sido crítica: siete presidentes en 13 años no han podido formar un consecuente progreso (La Tercera, 2010). La falta de continuidad ha desembocado en un enfoque asistencialista siguiendo el “paradigma tradicional” (Acosta, 2009).

El déficit no es solo cuantitativo, sino también cualitativo. Del total de 3’456.103 viviendas ocupadas, privadas y colectivas, las viviendas con déficit cualitativo corresponde al 75,5%. De éstas, el 29,8% tiene problemas de hacinamiento, el 40,3% no tiene servicios básicos adecuados o carece de ellos y el 71,6% tiene algún tipo de problema con el material utilizado para las construcciones (Acosta, 2009).

Todas estas condiciones afectan uno de los pilares fundamentales del desarrollo, la educación. La precariedad habitacional forma parte de los siete factores predictivos del bajo nivel escolar (OCDE, 1995).

Un punto clave para comprender el déficit habitacional es el paradigma que niega la existencia de inequidad en la sociedad y que se basa en la falacia de que todos tenemos igualdad de oportunidades.

Durante el mandato del General Guillermo Rodríguez Lara se implementaron programas de vivienda que beneficiaron solo a la clase media guayaquileña, imposibilitando la cobertura de las crecientes demandas habitacionales provenientes de la migración campo-ciudad.

Es necesario por ello convenir que es de vital importancia que las políticas públicas combatan un problema real de inequidad, para lo que urge la cooperación de las distintas esferas de la ciudadanía.

La economía informal puede ser definida como la relación lógica de bajos ingresos familiares, incapaces de cubrir las necesidades mínimas. Actualmente, el 40% de los hogares que se ubican en los quintiles de más altos ingresos (quintil 4 y 5), perciben el 65,2% del total del Ingreso Corriente Mensual generado en el área urbana. El promedio más alto pertenece al quintil 5, que representa alrededor de 6 veces más que el quintil 1, cuyo ingreso promedio del hogar es de US$ 248,4 mensuales.

Los ingresos corrientes en el quintil 1 (sector más pobre) no alcanzan a cubrir los gastos corrientes, teniendo un gasto promedio por hogar de US$ 291,4, con un ingreso por perceptor de US$ 114,1 dólares mensuales. (INEC, 2004, pág. 38). A nivel nacional urbano para marzo del 2011 el desempleo representa el 7% y el subempleo el 50%, la preocupación central en este sector es subsistir, cuestión que imposibilita el ahorro y la inversión en una vivienda (Censos, 2011).

Podemos constatar como la “mala cultura organizativa” ha causado y agravado el déficit y tan sólo se utilizan parches temporales.

Hasta que no se establezca un plan de desarrollo integral, los esfuerzos en materia de vivienda serían inútiles. El empoderamiento de los ciudadanos como actores de su propio desarrollo es indispensable, por lo tanto, es necesario cambiar las formas de acumulación y redistribución del capital para dejar de utilizar políticas momentáneas, de corte asistencialista.

 

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