¿DONDÉ ESTÁ LA MORALIDAD? DE LA DEMOCRACIA CRISTIANA AL POPULISMO NACIONALISTA

 

Entregado: 14-09-2015 / Aprobado: 20-09-2015

Por Paula Nimbriotis Manzur

Estudiante de la carrera de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Facultad de Administración y Ciencias Políticas de la Universidad Casa Grande (UCG).

La moralidad es un tema que se presta a varias interpretaciones. Desde sus orígenes en la filosofía, la moral tuvo problemas para distinguirse de la ética. Pese a estas dificultades, hoy se puede definir a la moral como “la conducta del hombre basada en la libre determinación con respecto a la ley moral” (Brugger, 1994).

De ahí que parte de la naturaleza del hombre esté regida por la moralidad individual que se relaciona con la conciencia propia de la racionalidad humana. Por este motivo, la moral está vinculada, entre otras cosas, a las distintas ideologías políticas. La moral, por ejemplo, dicta cómo se conciben los aspectos buenos y malos dentro del accionar propio de cada ideología.

Dentro de la Democracia Cristiana, la Doctrina Social de la Iglesia es la base de los fundamentos para la moralidad y símbolo de obediencia. La moral, por ende, se convierte en el eje rector de las prácticas políticas y del ordenamiento social. Sus principios se basan en la integración, el compromiso y el pluralismo de la persona en la sociedad (Kalyvas & van Kersbergen, 2010). Ante la indignación moral frente a la idea de rechazo al liberalismo y socialismo, se permitió la inclusión de otras creencias que generó mayor fortalecimiento del estado laico.

La moralidad dentro de la Doctrina Social de la Iglesia resulta, entonces, crucial como elemento de cambio radical, pues la idea de excluir a quienes creen en algo diferente, se percibe como moralmente malo. “[…] Debe establecerse que hay que respetar la condición propia de la humanidad, es decir, que es imposible el quitar, en la sociedad civil, toda desigualdad” (LeónXII, 1891, pág. 5).

En cuanto al radicalismo marxista, se busca un dominio a manos de la sociedad que se imponga sobre el estado capitalista. El radicalismo marxista se maneja en un terreno político amplio, de esquema centrípeto -de afuera hacia adentro- donde la moralidad entra como esencial en la constitución de la sociedad.

Basado en el materialismo dialéctico, Marx busca dar una explicación fenomenológica de la constante lucha de clases. “La sociedad entera se va dividiendo cada vez más en dos campos enemigos, en dos grandes clases directamente enfrentadas: burguesía y proletariado” (Marx & Engels, 1848, pág. 42). Generándose la indignación moral, los radicalistas marxistas luchan contra la burguesía por una dictadura del proletariado que tomará las riendas de los modos de producción.

Cuando se trata del populismo nacionalista, una característica siempre ha estado presente: “La búsqueda de una síntesis entre los valores básicos de la cultura tradicional de la sociedad en que aparecen, y la necesidad de modernización” (Lowenthal, 1962). El populismo responde a un grupo específico y ese es el pueblo. Un ejemplo es la clase obrera, la que Juan Perón se refería como “los descamisados”.

El líder populista surge como el salvador ante una necesidad del pueblo. El sentimiento de indignación moral hacia una situación es la que constituye la construcción del apoyo de las masas y logra consolidarse en una sola voz. La colectividad se ve movida por la misma lucha moral. “La unidad del populismo viene dada por la unidad de las situaciones en las que se produce” (Ballesteros, 1987, pág. 160).

La influencia de la moralidad se evidencia en la postura kantiana que trata la “máxima contenido moral” (Kant, 1963, pág. 35), es decir, las acciones se dan no por inclinación sino por deber. Tomando en cuenta el uso de la palabra máxima como imperativo categórico que indica la razón por la cual se realiza una acción y se convierta en “ley universal”. Así, la moralidad propia de un individuo aspira modificar la moralidad percibida por la colectividad; la moralidad individual empata con la ley universal

En definitiva, la moralidad siendo propia del ser humano puede ser un motor de cambio real. Como se ha evidenciado en su influencia en la Doctrina Social de la Iglesia, el radicalismo marxista y el populismo nacionalista, a pesar de tener motivaciones y objetivos distintos, logran impulsar a una colectividad para conseguir cambios sociales y políticos. A la par, la indignación moral le sirve a un grupo de motivación para unirse por un objetivo en común. De esta manera, tanto la moralidad como la indignación moral, sirven de complemento para encontrar una razón por la cual luchar y el motivo, para unidos, lograr alcanzarlo.

 

 

Referencias

 

Torres, S. (1987). El Populismo. Un concepto escurridizo. En J. Álvarez, Populismo, caudillaje y discurso demagógico. Madrid: Siglo XXI.

Brugger, W. (1994). Diccionario de Filosofía . Barcelona: Herder.

González, Z. (2002). Moral y Política de Platón. Obtenido de: http://filosofia.org/zgo/hf2/hf21068.htm

Ionescu, G., & Gellner, E. (1970). Populismo. Sus significados y características nacionales. Buenos Aires: Amorrortu.

Kalyvas, S., & van Kersbergen, K. (2010). Christian Democracy. The Annual Review of Political Science, 183-209.

Kant, I. (1963). Fundamentación de la Metafísica de las costumbres. Buenos Aires: Espasa-Calpe.

León XII. (15 de Mayo de 1891). Carta Encíclica Rerum Novarum. Obtenido de: www.statveritas.com.ar

Lowenthal, R. (1962). The points of the compass. Nueva York: J. Wiley.

Marx, K., & Engels, F. (1848/2005). Manifiesto Comunista. Obtenido de: http://teketen.com/liburutegia/Manifiesto_comunista-Marx_Engles.p

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