LA TRANSFORMACIÓN QUE REQUIERE LA UNIVERSIDAD EN LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO

Leticia Orcés Pareja

Vice-Rectora de la UCG (1999-2011). Profesora de la cátedra de Política Comparada. Coordinadora Académica (1995-1996) y Vice-Rectora (1996-1999) de la Escuela de Comunicación Mónica Herrera. Co-fundadora de la UCG, responsable del Área de Extensión, Vinculación con la Comunidad y Relaciones Interinstitucionales. Secretaria de la Delegación de Ecuador ante la UNESCO en París (1987 – 1992), Asistente del Presidente de la Junta Monetaria (1992-1993) y Consultora del Proyecto de Modernización del Estado del Banco Mundial (1994-1995) en Quito. Licenciada en Pedagogía Terapéutica en la USG. Estudios de Ciencias Políticas en el Instituto de Ciencias Políticas de París (1987-1988) y sociedades latinoamericanas en el Instituto de Altos Estudios de América Latina (IHEAL). Magíster de la Universidad de París III, Nueva Sorbona. Diplomado en Gestión Universitaria de la Universidad Casa Grande de Guayaquil (2006). 
 
 

 La intención de este ensayo es sistematizar algunas ideas recogidas de la literatura sobre la razón de ser de la universidad, su misión en esta época de grandes complejidades y profundas transformaciones, cuyas consecuencias para la vida del ser humano son aún inciertas. Para comprender a la universidad de hoy haré un pequeño recorrido por lo que fue la Universidad de Élite y su evolución a la Universidad de Masas, para finalizar con la internacionalización de la universidad en un contexto de interdependencia.

No podemos hablar de la universidad de élite sin referirnos a la propuesta de reforma universitaria planteada por Ortega y Gasset en 1930 en su texto Misión de la Universidad.  Si bien su propuesta se refiere al caso español, considera que la universidad como institución vive una crisis general que trasciende los límites de España y del continente europeo. Para Ortega y Gasset (Muñoz, 2007), la misión de la universidad es principalmente ofrecer educación superior a los jóvenes. La prioridad de la universidad debe ser la enseñanza de una profesión. Si bien no deja de lado a la investigación científica, la relega a un segundo lugar. Considera que la universidad debe ofrecer el ámbito propicio para la investigación científica y la formación de hombres de ciencia, pero no cree que la universidad deba convertir a la generalidad de los estudiantes, o a lo que él llama el “hombre medio”, en científicos.  El corazón de la propuesta de Ortega es “formar a un hombre culto”, un hombre con capacidad para mandar, que esté a la altura de los tiempos, no un simple especialista. Para lograrlo habría que formarlo en 5 “grandes disciplinas culturales”:  imagen física del mundo (física), los temas fundamentales de la vida orgánica (biología), el proceso histórico de la especie humana (historia), la estructura y el funcionamiento de la vida social (sociología) y el plano del universo (filosofía).

Como puede observarse, este conjunto de disciplinas va más allá de lo que llamamos “cultura general”. Para Ortega, estas disciplinas debían contener todo “el sistema de ideas vivas que cada tiempo posee”. Consideraba que en la sociedad se había iniciado un proceso de descomposición y fragmentación de la vida moral y la universidad debía reintegrar esta atomización de la cultura de la época, debía recuperar su universalidad  (Muñoz, 2007). En síntesis, en la lógica de Ortega y Gasset, la universidad debía garantizar el acceso a una “cultura superior”, formar una élite y permitir la producción y reproducción del aparato hegemónico. Tenía la seguridad de que la universidad siempre produciría hegemonía, lo que se ve reflejado en este texto de su autoría citado por Muñoz (2007, pp. 36):   “Si mañana mandan los obreros, la cuestión será idéntica, tendrán que mandar desde la altura de su tiempo; de otro modo, serán suplantados”. Ortega y Gasset sostenía que la posesión de estudios superiores por sí sola no garantizaba el acceso indiscutible a una “cultura superior”.  Para ello era necesario crear síntesis y sistematizaciones del saber de la época para transmitirlo en una facultad de cultura.  Es decir, que los estudios se debían realizar en dos facultades: por un lado la facultad de profesionales, como historia, medicina, leyes u otras y por otro, la facultad de cultura.  La crítica que hace Muñoz (2007, pp. 37) a Ortega y Gasset es que estaba creando una especialización para construir una totalidad.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa vive décadas de gran expansión económica, las ramas productivas sufren importantes transformaciones gracias a los avances tecnológicos, el sistema productivo pasó a necesitar mayor fuerza de trabajo y mano de obra calificada.  Esta evolución del aparato productivo va a exigir, además, mayor instrucción del trabajador (Muñoz, 2007). Paralelamente, diversos estudios y teorías aportan una visión que considera que el desarrollo económico y el desarrollo social deben complementarse para lograr un crecimiento económico sostenido.  Estas perspectivas están en la base del incremento de la inversión social del Estado en educación, salud y bienestar general de la población. Las esferas gubernamentales ven la necesidad de aumentar el acceso de la población a estudios universitarios de manera que desarrollen las aptitudes y habilidades necesarias para el crecimiento del sector industrial y de la economía en su conjunto.

Como consecuencia de las demandas del mercado y del incremento de la inversión del Estado en educación superior, los años 70 se caracterizaron por una fuerte explosión universitaria. Es el inicio de la Universidad de Masas. La masificación de la educación superior tuvo como resultado un excedente de profesionales calificados y consecuencias nefastas como el desempleo y sub-desempleo.  En las universidades americanas, y luego en las europeas, proliferaron los títulos, los niveles y los grados, lo que trajo como consecuencia una devaluación de los títulos. Se segmentaba y estratificaba de modo jerárquico ramas enteras de la investigación y de la práctica profesional, de acuerdo a la demanda del sistema productivo que requería mayor fuerza laboral y más versátil. La universidad de masas fue en dirección opuesta al ideal de Ortega y Gasset. En lugar de recomponer su “unidad orgánica”, reforzó uno de los principios estructurales de la universidad como institución, a saber, la separación del conocimiento en disciplinas distintas (Muñoz, 2007).

Las transformaciones que vive la sociedad hacia finales del Siglo XX son aún más profundas y van a incidir en el comportamiento de las universidades y en lo que será su misión y visión en el Siglo XXI.  En esta ocasión, el desarrollo de la ciencia y la tecnología ha revolucionado los procesos productivos de forma radical. Dos fenómenos paralelos y a la vez contradictorios caracterizan la era actual.  Por un lado, estamos frente a un proceso de globalización que lleva consigo una mayor interdependencia entre todos los países. Lo que sucede en cualquier país del mundo tiene repercusiones, en ocasiones casi inmediatas, en el resto de países de la esfera terrestre.  Las crisis, sean estas financieras, económicas, políticas o sociales, son hoy globales. Hay una mayor interconexión e integración entre todos los países, gracias a la aparición de medios electrónicos de comunicación y a otros factores como la reducción de costos de transporte. Sin embargo, la apertura al comercio internacional viene acompañada de un repliegue de países que se organizan en bloques regionales para hacer frente a la competencia internacional. Es el caso del NAFTA, tratado de libre comercio entre Estados Unidos, Canadá y México, del MERCOSUR, que agrupa a los países del cono sur de América del Sur o de la Unión Europea, entre otros.

Todos estos cambios inciden naturalmente en el desarrollo de la educación superior y, al mismo tiempo que generan retos y desafíos, crean oportunidades para las universidades. El fácil acceso a la información y su distribución por medios electrónicos multiplica el impacto formativo de las entidades de educación superior y flexibiliza los procesos de formación a través de nuevas modalidades como la enseñanza a distancia y nuevos recursos como las bibliotecas virtuales o las redes virtuales de intercambio. La apertura internacional permite una mayor interacción entre las comunidades académicas contribuyendo a procesos de transformación y de mejoramiento continuo de la calidad de las instituciones de educación superior (Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior de México – ANUIES, marzo 2001).

Efectivamente, el nuevo contexto hace posible el establecimiento de alianzas estratégicas y redes de colaboración que permitirá a las universidades aprovechar las ventajas comparativas de instituciones extranjeras a través de los intercambios culturales y académicos, programas académicos conjuntos, la movilidad de estudiantes y profesores y la realización de investigaciones conjuntas.  Las reformas universitarias en Europa  son una muestra de las posibilidades de cooperación e intercambios que abren la globalización y la conformación de grandes bloques. Estos cambios parten de la necesidad de movilizar el potencial intelectual de Europa y facilitar la transferencia de estudiantes de un país a otro.  Dos procesos funcionan paralelamente: los Acuerdos de Bolonia firmados en junio de 1999 por 45 países y el Tratado de Lisboa firmado en marzo de 2000 por 25 países de la Unión Europea  (Seminario Cátedra Europa, Universidad El Norte, Colombia, marzo 2006). En reuniones posteriores se añaden más Estados al Proceso de Bolonia.

Los Acuerdos de Bolonia tienen como objetivo lograr que exista convergencia de estructuras de las carreras y de los currículums, incrementar la movilidad de estudiantes, ofrecer mayores oportunidades de empleo y mejorar la calidad académica de los programas. El Tratado de Lisboa por su parte, es un documento de orientación política que propone medidas respecto al rol de las universidades en la sociedad, su financiación y gobierno. Su objetivo es cerrar tres brechas: la brecha del marketing (programas más diferenciados, mayores posibilidades de elección para estudiantes), la brecha del “management” y la brecha financiera. Las dos agendas coinciden y se refuerzan. No se trata de uniformizar los sistemas europeos, sino de buscar un grado de compatibilidad entre los sistemas (Seminario Cátedra Europa, Universidad del Norte, Colombia, marzo 2006).

Algunos académicos e investigadores consideran que este nuevo interés por la cooperación y la movilidad estudiantil, de profesores e investigadores, surge de la importancia que se da hoy en día a campos de análisis como el planeamiento estratégico o los estudios en gerencia empresarial u otros que parten de las experiencias del sector privado y “sirven como instrumentos para la modernización de la universidad” (Guy Neave, 2001, pp. 19). Las reformas universitarias en Europa responden al desafío de la unificación europea y a la necesidad de la movilidad de personas, lo que significa que un estudiante pueda obtener un grado en un país, un postgrado en otro y trabajar en el de más allá al interior de la Comunidad. El proceso de renovación curricular tiene como premisa llevar al estudiante al éxito de sus estudios sin una duración excesiva, lo que puede interpretarse como una reducción de las exigencias de la universidad. Sin embargo, aparecen modelos específicos interesantes que tratan de adaptarse a la flexibilidad que requieren las universidades de la era actual.  La Universidad de Greifswald, por ejemplo, desarrolló un grado transversal que prepara a los estudiantes en habilidades que le servirán en varias carreras y la Universidad de Maastricht, no funciona alrededor de facultades, sino de problemas multidisciplinarios.

Estos ejemplos muestran que las universidades hoy en día deben evolucionar y adaptarse a un nuevo tipo de sociedad donde el principal valor es el conocimiento y en que las universidades cumplen un rol fundamental al ser las organizaciones destinadas a producir y divulgar conocimiento, además de ser la vía para lograr el desarrollo científico y tecnológico de sus países. La UNESCO, en su Conferencia Mundial sobre Educación Superior del 2009 otorga a las universidades la responsabilidad de crear conocimiento de alcance mundial como único medio para abordar los retos de seguridad alimentaria, cambio climático, gestión del agua, diálogo intercultural, energías renovables y salud pública. Esta organización otorga gran importancia a la búsqueda de una nueva distribución del conocimiento a nivel mundial, para lo que se requiere, reducir la brecha  que existe entre países ricos y pobres.

En esta línea, considera primordial invertir en educación superior y fomentar la investigación, la innovación y la creatividad y contribuir de esta manera a erradicar la pobreza, a fomentar el desarrollo sostenible y a lograr los objetivos de la comunidad internacional, es decir, los objetivos de desarrollo del milenio (ODM) y la educación para todos (EPT). La UNESCO (2009) agrega, además, otras responsabilidades sociales a la educación superior como la promoción del pensamiento crítico e independiente, el cultivo de la capacidad de aprender a lo largo de la vida, así como la formación de ciudadanos dotados de principios éticos y comprometidos con la construcción de la paz, la defensa de los derechos humanos y los valores democráticos.  Todo esto en un contexto de autonomía institucional y libertad académica.

Acceso, equidad, calidad y pertinencia son objetivos que la educación superior debe tratar de alcanzar simultáneamente, sugiere la Conferencia Mundial sobre la Educación Superior de UNESCO 2009.  Reconoce que el acceso de minorías y grupos vulnerables ha sido una prioridad para la mayoría de sus Estados Miembros y una de las grandes tendencias mundiales. Sin embargo, considera que persisten disparidades que son aún fuente de desigualdad y, por lo tanto, se deben continuar realizando esfuerzos para mejorar el acceso de comunidades pobres y marginales a la educación superior.

La UNESCO defiende el fomento de una cultura de calidad en todos los establecimientos y considera que un elemento clave para lograr calidad, innovaciones pedagógicas y mejorar las estrategias didácticas es ampliar la formación de docentes e investigadores. Cabe enfatizar además, la importancia de la evaluación externa y de diversos sistemas para garantizar la calidad de los procesos y productos, así como para asegurar la transparencia en la educación superior. La pertinencia es, finalmente, un tema clave para la UNESCO y tiene que ver con la importancia de adaptar lo que hacen las instituciones educativas con lo que espera la sociedad, formar profesionales tomando en cuenta las tendencias del mundo laboral, respetar la cultura y el medio ambiente y adoptar medidas para reforzar los servicios a la comunidad.

Hoy se requiere que el conocimiento que transmitan y produzcan las universidades sea útil, aporte a la solución de problemas, llegue donde se busca la solución de un problema.  Por lo tanto, es deseable que el conocimiento se produzca en un contexto de aplicación, es decir, en empresas u organizaciones públicas y sin fines de lucro donde pueda brindar un servicio, sea a la industria, al gobierno o a la sociedad en general.[1] Las empresas se han convertido en activos participantes de la producción de conocimiento, han modificado la forma en que se organizan para competir y buscan asociarse con universidades y otras organizaciones para la realización de investigaciones, el logro de innovaciones y el acceso a nuevas tecnologías. Estas vinculaciones requieren que universidades, empresas y organizaciones aprovechen cada vez más el potencial de las nuevas tecnologías de información y comunicación (Gibbons, 1998).

Tradicionalmente las universidades se han dedicado a la producción y a la transmisión de conocimientos.  Gibbons introduce la “reconfiguración” del conocimiento refiriéndose al aprovechamiento creativo del conocimiento que se está generando en lo que él llama un sistema distribuido de producción de conocimiento. Se requiere que las universidades formen “cuadros de trabajadores del conocimiento” que sean identificadores, solucionadores e intermediadores de problemas.

De la literatura revisada podríamos concluir que las Universidades del Siglo XXI trabajarán en redes de producción, reconfiguración y divulgación de conocimiento pertinente con estructuras que permitan la transdisciplinariedad y la evaluación permanente, de manera que puedan acceder a procesos de innovación y desarrollo tecnológico, y se viabilice el aporte responsable de la educación superior al crecimiento  económico y social a nivel nacional, regional y global. La misión de la universidad en la era del conocimiento es la formación de un ser humano crítico, creativo e innovador, que aporte a la configuración de una sociedad en la que prime el respeto, una sociedad que trate de lograr el difícil equilibrio de dos valores fundamentales: libertad y equidad.

La base de la formación de este ser humano es, sin duda, el desarrollo de su capacidad de reflexionar sobre el mundo que lo rodea y retomo aquí a Muñoz (2007, pp. 51) y a su perspectiva de favorecer una visión amplia del ser humano a través del estudio de materias filosóficas (entendiendo a la filosofía como un “centro unificador, crítico y problematizador de la cultura”) y de la posesión de una memoria histórica. Para cumplir su misión, las universidades requerirán un entorno de libertad, pues como señala la propuesta de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior de México (ANUIES, 2001), la sociedad del conocimiento no puede florecer en contextos autoritarios.

La sociedad del conocimiento requiere un triple compromiso social, un nuevo “contrato social” en los términos de Rousseau.  Es un compromiso de la sociedad en su conjunto, que involucre al Estado, a los empresarios y a todos los actores de la sociedad civil. Tal como lo visualizó hace casi 30 años Pierre Rosanvallon (1981), investigador francés sobre la historia de ideas políticas y sociales y analista de sociedades contemporáneas en su libro sobre el estado de bienestar, la sociedad requiere un compromiso socio-económico de los empresarios con la sociedad, un compromiso socio-político del Estado con la sociedad y un compromiso social de la sociedad con ella misma. Si aplicamos la idea de Rosanvallon a la sociedad del conocimiento, se requeriría un compromiso de los empresarios con la sociedad, en el que los empresarios accedan a invertir de forma prioritaria en educación superior, en desarrollo científico y tecnológico, en suma, en conocimiento.

El segundo sería un compromiso del Estado con la sociedad, en el que el Estado acepte sustituir autoservicios colectivos por la extensión de los servicios del Estado.  Es decir, que el Estado delegue la sociedad civil organizada, llámense organizaciones no gubernamentales (ONG’s), organizaciones sociales de desarrollo (OSD’s) o instituciones públicas no estatales, el manejo de instituciones de educación superior o de la investigación en desarrollo y conocimiento que no logre financiar.  Esto no implica eliminar universidades del Estado, sino mantener un sistema de educación superior estatal con estructuras y con el financiamiento necesario para acceder a la innovación y desarrollo tecnológico. El espíritu de este compromiso es no continuar extendiendo y creando universidades sin el debido financiamiento para aportar al desarrollo económico y social.

El tercer compromiso es el de la sociedad en su conjunto, el de la sociedad con ella misma.  Este compromiso requiere que, tanto el Estado como los empresarios y la sociedad civil, coincidan en la importancia de la generación de riqueza, en la necesidad de la solidaridad y, sobre todo, en el rol fundamental que tiene la educación superior en la sociedad contemporánea y acepten trabajar de forma conjunta en la generación y transmisión de conocimiento.

El concepto detrás de esta propuesta es que la educación superior es un bien público, pero su financiamiento puede venir del sector privado, del sector estatal o del sector social.  El lugar de donde provenga el financiamiento no le quita a la educación superior su calidad de bien público.[2] Los Estados no pueden, a la hora actual, ser la única fuente de financiamiento de la generación de desarrollo y tecnología, de la investigación científica. No lo logran los Estados de países desarrollados, menos aún aquellos en vías de desarrollo. Se requiere del esfuerzo conjunto y de la inversión prioritaria de todos los estamentos de la sociedad.  Pero, como hemos visto, en la sociedad del conocimiento ya no hay fronteras, las universidades debemos favorecer el trabajo en redes y buscar la colaboración de todas las organizaciones en todas las naciones de la esfera terrestre. Sólo en un contexto de esta naturaleza y flexibilidad, la universidad del Siglo XXI podrá hacer un aporte para lograr las transformaciones que requiere la sociedad el conocimiento.

 


[1] Gibbons, Michael (1998).  Pertinencia de la educación superior en el Siglo XXI.  Documento presentado como una contribución a la Conferencia Mundial sobre la Educación Superior de la UNESCO, en 1998.  Consultado en la Web, el 21 de noviembre de 2006 y en septiembre 2010 en http://www.humanas.unal.edu.co/contextoedu/docs_sesiones/gibbons_victor_manuel.pdf

[2] Esta idea parte de los estudios y del concepto de “lo público” desarrollado por otros investigadores para todas las áreas sociales (educación, salud, bienestar social en general) por Luiz Carlos Bresser Pereira y Nuria Cunill Graw.  Véase Lo Público no Estatal en la Reforma del Estado, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1998.

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