LA FASCINACIÓN DE LA IMAGEN

Por Raúl Jaramillo
 
 Grafista, Comunicador Visual. Catedrático en las Universidades Casa Grande y Santa María. Asesor en comunicación empresarial y corporativa. Conferencista. Experto en desarrollo de marcas. Actividad profesional: Norlop-Thompson, 1980. México, 1990. Colecciones de ropa de playa para USA, Australia, España, Islas del Caribe, Bahamas y México.  Copropietario Versus Comunicación Visual, 1990 a 2004. Creador de las Marcas País: Ecuador y Perú. Ha desarrollado innumerables marcas comerciales dentro y fuera del país

 

Hace poco, en una amena reunión, Juan de Althaus comentaba acerca de las profundas implicaciones simbólicas que guarda una de las escenas de la Creación de la Capilla Sixtina, pintada por Miguel Ángel.

La genialidad que encierra un simple y elemental detalle, los casi 10 milímetros que separan los dedos índices de Dios y su creación, Adán. Ese brevísimo espacio en blanco, plantea todo un universo de significantes. Todo un sinfín de postulados filosóficos, existencialistas, que ha mantenido inquieta a la humanidad desde su creación.

La imposibilidad humana de alcanzar la comprensión de lo que es Dios.  La abrumadora frustración de saber que todo esfuerzo humano, a través de siglos y milenios, por entender –pretender entender– o intuir las razones de la creación, apenas alcanzan para rozar muy levemente su magnífica magnitud.

Todo este soberano lío, solo por una imagen.

Otra imagen. Una foto en blanco y negro. Una cabeza que parece estallar, el gesto de asombro de una mujer de cabello oscuro que viste un sobrio traje de corte sastre a la izquierda de la víctima. Toda esta escena en los asientos posteriores de un convertible oscuro y de gente ciertamente conmocionada a su alrededor. Este evento, el asesinato del presidente Kennedy, conlleva a una serie de reflexiones, no solo de índole policial, acerca de la fragilidad de la vida y del poder. Para comenzar.

Otra imagen, una modelo rubia que viste un traje de fiesta de color claro –entallado–  pretende controlar la falda que se infla por causa de una corriente de aire que expele una rejilla en el piso, todo esto a la vista de un espectador de mediana edad.

Otra escena, un oscuro y potente astado Miura, se pasea como desentendido, por una exhibición de cristalería fina, sin tocar absolutamente nada, ni con el aliento.

Recuerdos de imágenes que valían más que mil palabras.  Imágenes en las que creíamos inefables y referenciales. Las leíamos con detalle y en detalle. Eran implacables testigos de cargo o irreprochables argumentos de defensa de tal o cual evento que comprometían.

La imagen, cuando era ilustrada, servía para recrear o enfatizar el argumento, pues todos entendíamos su carácter explícitamente didáctico –comprendíamos que era una ilusión–.  Se puede decir que durante siglos la imagen había mantenido una alta credibilidad. Se excluye de comentarios la caricatura, por su carácter de crítica, de expresión artística o recreativa.

Un cierto día, de mediados de la década de los años 80, apareció sobre la mesa de un escritorio una PC, Personal Computer.  Y el viaje imaginario de Alicia se tornó en pesadilla.  Las imágenes perdieron sus puntos de trama y estos puntos se convirtieron en pixeles.  La diferencia entre lo uno y lo otro es simple y elemental, como la distancia entre los dedos de Dios y Adán.  El punto de trama era impávido, imparcial y suficiente; el pixel es insoportablemente argumentable, dado a sus 16 millones de interpretaciones.  Inicialmente la digitalización produjo ese efecto de fascinación.  Como hipnotizados por las alucinantes notas de la flauta del hombre de Hamelin, hemos asistido al monumental espectáculo de las imágenes que nos reflejan tal como quisiéramos ser.

Se puede decir que la dialéctica de la imagen ha modificado sus fundamentos, su credibilidad se pone continuamente en duda, o dicho de otra forma, creemos en las imágenes a sabiendas que son falsas.  Esto me lleva a pensar que aceptamos los argumentos porque nos gusta o nos interesa lo que exponen, es decir, nos fascina el diálogo fácil sin mayores implicaciones ni profundidades.

De hecho, un reflejo de esta situación se presenta en los soportes de impresión y almacenaje de información. Por un lado tenemos los sustratos y las tintas que actualmente usamos para imprimir información, que son y necesitan ser biodegradables por obvios motivos, pero resultan intrascendentes en comparación con los antiguos papiros que han sobrevivido hasta nuestros tiempos.

Por otro lado, lo he comprobado personalmente, los soportes en los que almacenamos información digital cambian tan dramática e inesperadamente que, en muchas ocasiones, la información que consideramos de importancia se ve indefinidamente inaccesible por esta circunstancia. Pienso que algo similar ocurre con nuestros argumentos y creencias, eventualmente pierden validez por cambio de formato.

La sociedad humana, en continua evolución, va proponiéndose nuevos parámetros –mueve los límites– en la forma de canalizar los mensajes: la información. Las imágenes que usamos hoy para comunicarnos, sabemos que pueden ser o no alteradas.  Sabemos que contienen una dudosa carga de información y eso, de alguna manera, refleja nuestra nueva dialéctica, nuestra nueva filosofía de vida.

Tomar la vía fácil y rápida para conseguir lo que nos es preciso, siempre de manera urgente. De alguna forma hemos convenido un nuevo pacto con la realidad, al aceptar y proponer ideas breves, de consumo fácil, que faciliten el libre tránsito por nuestros días, sin complicarnos tanto. ¿Y para qué? Todo argumento, todo rastro de inteligencia se juega entre clic y clic. Los argumentos se han tornado banales, vacíos. La nueva imagen es rica en detalles y vacía de credibilidad. Paradójicamente, esto ocurre en una era en que la sabiduría y el conocimiento se encuentran también a un clic de distancia.

Los argumentos son banales, pues reflejan nuestra particular verdad y nos olvidamos de que la verdad hay que salir a buscarla, como citaba José Ingenieros. Estamos cayendo en la vorágine de una sociedad mediocretizada que cree más en las reflexiones superficiales y no entiende que hay todo un mundo real aguardando, con todas sus aristas y consecuencias, más allá de la imagen del plasma.

Miramos fascinados y con avidez un video, una foto, en espera de la próxima. Todas puestas una tras otra, como en línea de producción, para ser consumidos de manera ávida y rápida. De igual forma, devoramos y consumimos recursos a una velocidad históricamente sin parangón, y así también nuestras vidas.

 

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